Editorial: ANDREAS LUBITZ O EL FACTOR HUMANO…

1972338_10205974735908905_5435813286741860605_n(1)Por Wilfredo Sierra Moreno.

La dimensión real del drama que enluto la aviación la semana pasada no está solo en el hecho de que un copiloto psicótico haya decidido terminar de manera miserable con su vida y con la de sus 150 pasajeros, sino que de un plumazo queda borrado ante la faz del mundo todo ese discurso formal sobre la supuesta seguridad institucional que las muy supuestas super modernas empresas del siglo XXI pueden brindar a sus clientes en todos los órdenes,  y nos coloca una vez más, y de manera dramática, ante la ley de la selva, cuando en la práctica nadie nos puede garantizar que estamos en buenas manos cuando compramos un pasaje, asistimos a una cirugía o entregamos a nuestros hijos o nietos a centros educativos que, en el papel, nos prometen que velaran por su seguridad y nos darán  una educación realmente eficiente.

Resulta, en el lenguaje de la seguridad industrial, absolutamente absurdo y hasta estúpido que un funcionario con la responsabilidad de un copiloto de una empresa tan importante como Lufthansa, pueda mantener en secreto por mucho más de un año un síndrome de depresión aguda, sin que ninguno de los múltiples controles que, se supone, se establecen para verificar el normal equilibrio emocional de sus empleados, haya funcionado.  Pero además del problema emocional, ahora se ha venido a saber que el copiloto Andreas Lubitz estaba realmente incapacitado para trabajar según un diagnóstico preciso del Hospital Universitario de Dusseldorf, que lo venía tratando hace varios meses. ¿Cómo carajos un señor en estas condiciones se brinca todos los supuestos controles de seguridad de una empresa tan teóricamente bien estructurada como Lufthansa y termina produciendo semejante desgracia como ésta?

Desafortunadamente lo que se ha denominado el factor humano, esa condición innata, emocional y física de cada ser sobre el planeta, ha sido y seguirá siendo un elemento de muchas sorpresas en el manejo de procedimientos empresariales, económicos y políticos de la historia del mundo, y desgraciadamente nada nos puede garantizar, en esta supuesta era de las grandes verdades tecnológicas,  que ese elemento subjetivo y de marca tan personal deje de seguir produciendo las desgracias que a lo largo de la historia universal ha generado.  Ahora bien, trasladando este serio cuestionamiento a nuestras vidas personales, ¿cuántas de las empresas, funcionarios, profesores, médicos, asesores, jefes o empleados con los que nos relacionamos todos los días, en el fondo no son más que unos verdaderos monstruos empacados en una etiqueta formal de normalidad que, cualquier día, nos pueden dar una gran y desafortunada sorpresa?

Porque querámoslo o no hay circunstancias del cuotidiano vivir que hace que literalmente nos tengamos que poner en las manos de alguien, ya sea éste el chófer particular, el taxista, la cocinera de nuestra familia, el médico personal o la misma persona a quien entregamos nuestra vida emocional, y nada, absolutamente nada, nos puede garantizar –desafortunadamente- que estamos ciertamente ante un ser absolutamente normal en términos psíquicos. Ese factor personal de con quienes interactuamos, es algo así como el resultado de una especie de suerte atávica, que fatigosamente nos resulta tan odioso a quienes suponemos –tal vez arrogantemente- que todo se arregla o lo arreglamos con la razón y la intelectualización.

Desconcertante en el plano personal, esa ruleta rusa del el azar con en quienes nos ponemos en sus manos, por lo menos en el plano comercial e industrial debería tratar de reducirse seriamente al mínimo, porque no es ciertamente saludable estar con el credo en la boca –como dicen las señoras- cada vez que abordamos un avión, cogemos una ruta intermunicipal, tomamos un taxi, entregamos nuestros hijos diariamente al transporte escolar, nos montamos en el TransMilenio, etc., etc., sin saber si quien lleva las rienda de los vehículos que nos transportar o transporta a los nuestros, es un ser sano o simplemente un psicópata. Es un poco pensar con el deseo, porque en lo humano no cabe la perfección, pero si nos  dejaría mucho más tranquilos saber que las grandes y pequeñas industrias y empresas del mundo se toman en serio esto de la seguridad industrial y no tuvieran omisiones tan protuberantes como estas que llevaron  a la desgracia de los Alpes franceses.