Editorial: ELIMINANDO EL EGO.

Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo-sierra1Una de los temas que más me ha gustado de mis incipientes lecturas budistas de los últimos tiempos, es el que tiene que ver con esa parte venenosa y urticante que posee  toda personalidad humana, que se llama ego. Gracias a él cada individuo se cree el más inteligente, capacitado e inspirado de todos los mortales y, desde luego, con el derecho de imponerle a los demás su particular criterio, cuando no se cae en el terreno peligros de demandar de los demás que se le rinda pomposa pleitesía.

Tan particular elemento – el ego –  ha sido el culpable de los mayores conflictos personales, sociales y políticos del mundo,  porque un ególatra, supuestamente detentador de todas las verdades del mundo, se cree no solo con el derecho de hacer prevalecer su punto de visto sobre el otro, sino además de imponérselo, así sea – como se ha visto a lo largo de la historia política universal – por medio de la guerra. Lo terrible es que el ególatra suele disfrazarse de servidor de los demás  y,  puesto al mando de una organización cualquiera, usa éste y su cargo para respaldar sus interese personales y, porque no, para negociar a favor suyo prerrogativas que su sola condición personal no le daría.

En el caso de las organizaciones religiosas esta perversa enfermedad del alma es mucho más peligrosa, porque el personaje no solo habla a nombre de la organización sino de Dios, lo que le da un toque de autoridad incuestionable sobre sus sometidos. Con ella, a pesar de predicar la pobreza se llena de miles de millones de pesos, a pesar de hablar de la humildad es el más arrogante que puede existir,  y no obstante predicar sobre la castidad, es un desbordado sexual que no solo viola y somete a sus asociados y asociadas, sino que además presume que sus víctimas deben estar agradecidos porque pasaron  por las manos de un enviado del cielo.

Por supuesto los maestros budistas son claros en decir que este aditamento perverso de la personalidad humana es propio de su condición desde que el hombre comenzó a ser tal, y que todos, en mayor o menor medida, somos poseedores de sus efectos perversos, y la tarea de eliminarlo seria una de las primeras cosas que debería emprender una creatura racional, si quiere una real evolución espiritual -¡que no es sinónimo de religiosidad!-. Para tal cosa una práctica muy efectiva es el yoga, del cual nos acostumbramos a oír hablar durante los 8 años del gobierno de nuestro ex presidente Uribe, y que él nos decía, acompañaba con góticas homeopáticas.

Claro, los maestros budistas nos recuerdan que en algunos casos los seres humanos necesitamos muchas encarnaciones para alcanzar logros significativos en la eliminación de nuestro desbordante ego, y parece  ser que las luchas de Alvarito Uribe con él suyo, que es casi tan o más grande que el de un argentino común y corriente,  apenas comenzaron en esta encarnación. Yo que también tengo mis pecados bien graves en este terreno, espero poder seguir al ex Presidente  en las próximas 200 encarnaciones para ver si algún día puedo verlo a él iluminado, transparente y humilde, predicándome el dharma de la paz inconmovible que pregonan nuestros maestros.

Por fortuna en el budismo una vida no es nada y el tiempo entendido en las tres dimensiones en que lo asumimos tampoco, y unos cuantos de centenares de muchísimos años  bien valen le pena para ver al jefe del Puro Centro  Democrático, no repetir hasta el cansancio lo que tanto corea el muñeco de Donadío, el cuenta chistes: ¡es que me sacan la piedra!