Editorial: LA DEMOCRACIA IDEAL…

Por Wilfredo Sierra Moreno.    

descarga (2)Para quienes no dejamos de tener un soñador adentro de nosotros, cuanto nos gustaría que los presupuestos teóricos de la Constitución democrática de nuestro país se cumpliera al pie de la letra y, por ejemplo, los representantes de los sectores populares en instancias como la Cámara de Representantes, el Senado de la República, las Asambleas Departamentales y los Concejos Municipales, realmente fueran los interpretes de las necesidades y los problemas de amplios sectores de nuestra patria.

Desafortunadamente, con el correr del tiempo y la descomposición de las buenas prácticas políticas, la carrera por estos puestos se volvió más un problema de orgullo personal y familiar, la instauración de dinastías y castas electoreras que, sustentados en los votos de su clan, se reparten buena parte de la burocracia estatal, con la anuencia del ejecutivo, a todos los niveles, que sabe que el nombramiento de amigos y parientes de los elegidos es una buena forma de garantizar mayorías en las diferentes instancias legislativas.

Que ello haya producido un profundo desencanto en amplias mayorías de la opinión pública colombiana no es de extrañar, y eso se ve reflejado, por estos días, en una fuerte campaña en los medios virtuales para impulsar el voto en blanco, con una pujanza que anteriormente no se había visto. Independientemente de lo que voces interesadas quieren decir, el voto en blanco  es una expresión valida de la democracia de los pueblos, y refleja el desencanto y el rechazo a prácticas clientelistas que nunca cambian.

Particularmente yo nunca he dejado de votar y nunca lo he hecho en blanco, porque creo que la papeleta es un medio que el sistema nos da para determinar el talante de los hombres que nos deberían gobernar sabiamente. Pero ese “deberían” es un presupuesto que casi nunca se cumple, y ello no resulta bueno ni para el sistema, ni para la misma clase política, ni para las gentes del común que ven como muchas veces la llegada a esos cargos de elección son la vía expedita de una serie de privilegios para el elegido, su familia y su rosca.

Pero sigo pensando que a pesar del nubarrón gris que cubre nuestra democracia, hay entre el interminable número de aspirantes a la próxima elección, hombres y mujeres que tienen un compromiso real con el destino de la nación. Se trata de saber elegir, y procurar que sean más los buenos que los malos quienes lleguen al Senado y la Cámara de Representantes. ¿O ese camino no es viable y yo con el paso de los años me he vuelto más ingenuo de lo debido?