Editorial: LA DESCONCERTANTE Y DOLOROSA MUERTE.

Por Wilfredo Sierra Moreno.  

bg_profileMe puedo preciar de ser uno de los hombres que más a laido y estudiado sobre la muerte, y me creía inmune al sufrimiento y la angustia que este hecho produce en la generalidad de mis amigos y allegados, porque hace mucho tiempo, en mi extensa familia, no se había presenciado el fallecimiento de uno de los míos. Hoy que me toca experimentarlo por la muerte de una de mis más jóvenes y bellas sobrinas,  entiendo perfectamente que de la teoría a la práctica sí que es cierto que hay un largo trecho y que toda la literatura metida en la cabeza sobre este o cualquier otro tema, no sirve mucho cuando la muerte toda a nuestras puertas.

Sobre todo, cuando el deceso se da por uno se esos imperdonables errores en la atención y las salas de cirugía de los deficientes hospitales del país, y algunos buenos señores suelen creer que las demandas y las indemnizaciones pueden suplir la presencia real de un ser al que amamos. Tengo 6 hermanos más a los que hace mucho rato no visito personalmente ya que la mayoría vive en Bogotá, pero la magia del internet, sobre todo de Facebook, fue haciendo que con el paso de tiempo fuera reencontrándome con mis hermanas y hermanos, pero sobre todo con un gran número de sobrinas y sobrinos que fueron incorporándose a mi vida y a mi corazón, gracias a la magia del intercambio diario por los medios virtuales.

LORENASe equivocan – y mucho-  quienes suelen creer que este tipo de contacto no genera lazos  afectivos fuertes entre los seres que interactúan así, y hoy que el dolor me agobia, las lagrimas han corrido a raudales en mi espíritu abatido, extrañare todos los días a esa sobrina preciosa y joven –que tristemente deja huérfana a una niña de 6 años- que todos los días me sorprendía con su alegría fundamental y sus particulares ocurrencia, en el chat.

No voy a despotricar gritando contra los insensibles del sector de la salud que en  su irresponsabilidad cortan vidas absurdamente, porque hay momentos en la vida en que lo único que realmente vale es el silencio. Pero además compruebo, en estos momentos de angustia, que el trabajo de los medios y nosotros los comentaristas de opinión pública, es a veces más que estéril. Denunciar y denunciar las incoherencias del sistema público de salud colombiano es como gritar en el desierto. No pasa nada, no se soluciona nada, nada cambia. Somos las victimas pasivas de una gran maquinaria de la muerte que se lleva por delante a quien le da la gana.

Solo puedo terminar estas líneas diciendo que hoy entiendo perfectamente lo que quiere decir  la primera de las cuatro verdades fundamentales de mi bien amado Buda: ¡el dolor existe!