Editorial: LA SAL SE CORROMPIÓ…

Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo-sierra1Realmente desconcertante el hechos registrados con  la captura de unos funcionarios de la rama judicial en el centro  de Paloquemao en Bogotá, porque ello indica que al contrario de lo que el gobierno predica en sus discursos diarios a lo largo y ancho del país, la corrupción no ha mermado en esta nación y, antes por el contrario, los niveles de descomposición cada día se extienden a sectores que uno imaginaba intocables de la dolama y la insensatez, a uno horizontes realmente desconcertantes.

Cuando en una nación lo que se considera más incorruptible, la justicia, es víctima de la acción corrosiva y denigrante de los sucios de todos los pelambres, la verdad no hay nada que hacer, porque la justicia, se supone, es el fundamento sobre el cual se sustenta toda la estructura del estado y le da confianza al ciudadano común y corriente para desarrollar sus actividades normales con tranquilidad y entusiasmo. Acabado eso, apaguemos y vámonos, porque lo que sigue es la descomposición general y el imperio de los habilidosos y tramposos de todos los niveles que, prevalidos de las ventajas que les da una posición de autoridad o de poder, imponen su mal criterio de manera miserable.

Por supuesto funcionarios a esos niveles medios de la justicia no pueden tener un buen ejemplo cuando ven que en los más altos estrados de la estructura judicial, los magistrados y magistradas se prestan para un juego de poderes y vanidades que nada tienen que ver con el decoro y la supuesta dignidad de la condición que ostentan, y los cargos, las sentencias y los movimientos naturales de la rama, no se dan por argumentos constitucionales y jurídicos, sino de acuerdo a la vanidad, la soberbia y los intereses de los altos togados.

A Colombia no le va bien en ninguno de los niveles de la acción de control y vigilancia de la cosas pública y privada y,  por ejemplo, las peleas entre Procurador General de la República, Contralora General de la Nación y  el mismísimo Fiscal General, muestran que, como solían decir nuestros viejos en otros tiempos, “el diablo anda suelto entre nosotros”.  Triste, lamentable y doloroso, para la suerte de una nación y unas gentes que ya tienen suficiente dolores de cabeza y motivos de angustia y sobresalto, como para que ahora tengan que terminando concluyendo, definitivamente, que la sal se corrompió y que ya no existe contenciones ciertas para los bandidos de este país a todos los niveles…