Editorial: LOS POBRES ANCIANOS DE ESTA SOCIEDAD INDOLENTE.

Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo-sierra1Por fortuna la Gobernación de Santander  ha comenzado a girar los aportes de la estampilla pro anciano a los diferentes centros que, a lo largo y ancho del departamento, tienen que luchar todos los días para, gracias a acciones de generosidad individuales la mayoría de las veces, tratar de mantener estos centros de atención a los abuelos que, muchas veces, son sencillamente botados allí por insensibles familiares e hijos para lo que sus progenitores, con el paso del tiempo, se convierten en un estorbo.

Aunque no les guste mucho a los acostumbrados a vivir de las apariencias y el incienso barato, la verdad es que el santandereano hace parte de una raza en la que la afectividad no luce precisamente por su abundancia, y en la que la dureza del corazón en más frecuente de los que fuera de esperar. Y ello  a pesar de esas expresiones exteriores de preocupación y mimos que,  la verdad, no nacen del fondo del sentimiento. Aquí es frecuente ver, en todos los estratos – desde el 1 hasta el 6- como el asilo y las casas geriátricas, según los recursos que se tengan, son un buen recurso para desembarazarse de quienes fueron sus progenitores, se gastaron la vida proveyendo comida y estudio a quienes, ahora, de mejor clase social, solo siente por ellos un muy disimulado desprecio.

En las más encopetadas casas geriátricas de la ciudad y su entorno, en muy fácil ver a los que fueron importantes troncos de familias pudientes, adineradas y poderosas, olvidados, con muy buenas comedidas de la atención de esas casas por supuesto, pero olvidados al fin y al cabo, de quienes en clubs sociales y en los altos cargos económicos y políticos, posan de ciudadanos ejemplares de esta sociedad. Y ahí sí que es cierto aquel dicho sabio de nuestra abuelas, que “no todo lo que brilla es oro”.

Un hombre, una familia y una sociedad que no ama, quiere y protege a sus ancestros nunca podrá tener, por ley natural, un futuro exitoso y feliz, y aunque a muchos fríos y maquiavélicos miembros de nuestra alta, media y popular sociedad les dé por pensar que esas son majaderías de románticos idealistas, la verdad es que los hechos dinámicos de la historia y la vida han demostrado que uno no puede ser bellaco toda una vida, sin que le pase nunca nada. Sobre todo cuando la miseria humana se descarga contra esos pobres viejecitos que no tienen medios propios para defenderse y mucho menos quien los defienda…