Editorial: UNA NAVIDAD QUE NUNCA EXISTIÓ.

Por Wilfredo Sierra Moreno.

untitled 55La tradición litúrgica católica y cristiana está llena de una serie de celebraciones simbólicas que nunca tuvieron una correspondencia con hechos reales y, posiblemente, la mayor muestra de eso que en el argot clerical se llaman “desarrollos teológicos”, es la celebración de la navidad, que si intenta festejar  el nacimiento del Jesús histórico  como gran mesías, nunca ocurrió un 24 de diciembre.  La verdad escueta de ésta celebración se remonta a la época del Emperador Constantino, cuando luego de una habilidosa jugada política, Roma reconoce al catolicismo como religión del estado y se gana unos aliados en la estructura interna del imperio que comenzaba entonces ya ha tener serios problemas.

Político recursivo al cual más, Constantino unifica las celebraciones religiosas de su nuevo aliado a las de su propia tradición pagana y, así, de una plumada maquiavélica, hace coincidir, arbitrariamente, el nacimiento de Jesús con la celebración más cara y preciada de los romanos, la de El Sol Invictus, que por estaciones y aspectos astrológicos, como que tiene su fundamento en la viejísima exaltación de los equinoccios y solsticios, coincide casi siempre con el 24 de diciembre. Como el sol muere en su ciclo anual para resucitar en la celebración equinoccial decembrina, resultaba ingenioso poner a nacer al maestro de los católicos justamente por esa fecha, agregándole a connotación simbólica de ser el Sol que vendría a renovar a la humanidad.

A partir de ahí el “enriquecimiento” de la celebración ha corrido por cuenta de otros originales y creativos padres de la iglesia, entre ellos Francisco de Asís, un monje medio “colino” que usaba expresiones tan sospechosas como “el hermano sol”, “la  hermana luna”, “el hermano lobo”, etc., etc., y que incorporo burro, buey y ovejas a un hipotético portal de Belén que, para que negarlo, le quedo muy cuco y atractivo. Tanto, que con todo y lo escéptico que soy en materias religiosas, tengo mi propia versión en miniatura del llamado “nacimiento”, que todos los años armo en la intimidad de mi cuarto.

Hechas las aclaraciones intelectuales del caso, tengo que decir que para los niños y para quienes seguimos llevando un niño en el corazón, no hay mentira más hermosa en la existencia que la de la Navidad. Es una manera fabulosa de reconciliarnos con esa parte trascendente que todos llevamos adentro, pero sobre todo, de acordarnos de esos pobres pequeños que durante todo el año sufren y que por estos días tiene la alegría de saber que ciertos señores adinerados y con poder, se acuerdan de ellos. Así sea una ilusión pasajera, las ilusiones hacen parte ¡y que importantes!, de la vida. Ellas son un aliciente en medio del desierto. Y que linda es sentirlas, sobre todo, cuando así sea con un regalo muy simple, abrazo a mis nietos y experimento que los amo como nunca he amado en la vida, y que por unas horas estoy en el hipotético cielo.