EL ORÍGEN DEL CINE ESTÁ EN LAS CUEVAS DE ALTAMIRA

unnamedPor LUCÍA M. CABANELAS. Cinefilia

La imagen del jabalí con ocho patas «en el techo de la Capilla Sixtina del arte cuaternario» intentaba captar el movimiento, como hace el séptimo arte para luego reproducirlo

El escritor e historiador de medios de comunicación de masas español, Román Gubern, cuenta a través de una anécdota cómo el mito evoluciona en invento. Lo hace en su libro «La historia del cine» (1969), y se remonta a la antigua Grecia para narrar la leyenda de Dédalo y su hijo Ícaro, que huyeron de Creta fabricando unas alas con cera y plumas de ave. «Dos mil quinientos años más tarde, lejos de los cielos de Creta, dos técnicos norteamericanos, hijos de un obispo protestante, convirtieron en realidad el mito de Ícaro, aunque empleando un motor de explosión y una estructura metálica en vez de los toscos elementos del mito heleno». Y así fue cómo los hermanos Wright se convirtieron en los pioneros de la historia de la aviación.

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Antecedente de los dibujos animados

En realidad esa anécdota le sirve de excusa al autor para adentrarse en el origen del séptimo arte. Algo muy diferente a lo que entendemos hoy pero cuya inquietud ya rompía el cascarón en España. Para Gubern, «el cine es el mito de la reproducción gráfica del movimiento» y eso fue lo que sucedió en las cuevas de Altamira. La inquietud de un hombre primitivo por plasmar en la roca la imagen que tantas veces contemplaba cuando rutinariamente se dedicaba a la caza, constituye (según Gubern) la primera prueba gráfica de la intención de un ser humano por captar el movimiento. Algo que, a fin de cuentas, es lo que hace el cine para luego reproducirlo.

El jabalí polícromo de ocho patas que aparece «en el techo de la Capilla Sixtina del arte cuaternario» de las cuevas de Altamira no es una monstruosa ocurrencia del artista cavernícola, sino su intención de dotar de vida una imagen, su inquietud por reproducir fielmente la realidad, y a juzgar por la pericia del trazo del dibujo, no sería la primera vez que lo intentaba. «Y en esta captación de la imagen de animales, cristalizada en las paredes de la cueva, debió encontrar nuestro remoto antepasado una imperfección: la realidad que le rodeaba no era estática, sino que se movía, cambiaba», sostiene Gubern. Por eso habría fijado el primitivo artista dos pares de patas extra en el jabalí, «como actitudes sucesivas de las extremidades del animal en movimiento. No es el cine, pero es pintura con vocación cinematográfica, que trata de asir el movimiento, antecedente notable de los dibujos animados».

Para el historiador de medios de comunicación de masas, al cavernícola se le presentó la exigencia de «apresar, en términos gráficos, el dinamismo de los seres y las cosas que se movían en su derredor o bullían en su interior». Algo que se agudizaría a lo largo de la historia del arte. Desde el faraón Ramsés y su intento de plasmar en el exterior de un templo las imágenes sucesivas de una figura en movimiento para que quien lo viese pudiese contemplar no la materia prima que había discurrido, sino a una persona a galope cobrando vida, hasta Joseph Niepce y sus fotografías. Y los hermanos Lumiére, Thomas Alva Edison, Georges Méliès… La contribución de cada uno de ellos constituye una fase sucesiva sin la que el cine no existiría, al igual que las patas del jabalí que ese hombre primitivo dibujó en las cuevas de Altamira, que sembraron la chispa de esa odisea que sería captar y reproducir lo que el ojo humano observa.

Y esa «inspiración milenaria del hombre, que guió la mano del artista de Altamira, no podía convertirse en realidad completa hasta que su caudal de conocimientos científicos fuese tal que permitiera dar el salto que media entre el mito y el invento, y este salto se produjo, en sucesivas etapas a lo largo de fructíferas convulsiones y del gigantesco progreso técnico y científico del siglo XIX», concluye Román Gubern en su libro «La historia del cine».