Editorial

Editorial: BRASIL: FÚTBOL Y POLÍTICA.

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Por Wilfredo Sierra Moreno.    

wilfredo sierra 2No la van a tener fácil los alegres visitantes a los estadios del Brasil para ver esta nueva versión del mundial de fútbol, porque la revuelta social contra las desaforadas inversiones para el evento tiene alebrestados a las bases populares de esa nación, que mientras carecen de las más mínimas condiciones  para tener una vida digna, ven como su gobierno derrocha miles de millones de dólares, que serían suficientes para resolver casi toda la problemática social de esta nación.

Según fuentes muy bien informadas, se tenían destinados 1.1 mil millones de dólares para la remodelación y construcción de los 12 estadios que serán el escenario del campeonato y, a hoy, se han invertido ya 3.5 mil millones de dólares, en el marco de unas destinaciones presupuestales que se estiman que en total constaran más, mucho más de 14 mil millones de dólares. Y la teoría de que la inversión será retribuida al  país carioca mediante el turismo que el evento generará no convence a los miles de habitantes de las favelas del Brasil,  que saben que mucho de ese supuesto reintegro se quedara en las manos de los grandes magnates de los hoteles y empresas de turismo, quienes además están aprovechando el boom para contratar los trabajadores a precio de huevo.

El señor Joseph Blatter, presidente de la FIFA, en una más de sus arrogantes salidas le ha pedido absurdamente al pueblo brasileño que no mezcle el evento futbolístico con sus necesidades sociales, en unas declaraciones que uno no sabe si dan ganas de reír o de llorar. Claro, él es gran beneficiario del  imperial  negocio del fútbol mundial, que mueve miles de millones de dólares a expensas de violentar el ordenamiento jurídico de todos los países sobre los que esta multinacional del deporte extiende su reino, con circulación de dineros que no todas las veces tiene clara procedencia, y la explotación más aberrante del derecho de los jugadores, gracias a unas reglamentaciones de la FIFA con las cuales con  cara los dueños de los equipos ganan y con sello los jugadores de los distintos equipos de fútbol del mundo  pierden.

Con esa curiosa ética del señor Blatter, ¿qué le va a importar si miles de niños se mueren de hambre, muchos más hombres y mujeres  viven en las calles sin un techo digno, existe una salud realmente adecuada y unos servicios públicos medianamente aceptable para seres humanos?  Al señor Blatter y sus socios de todo el mundo lo que le importa es que su negocio siga dando las  grandes utilidades que ha producido  todos estos años a sus dueños. Y salir del Brasil  con los bolsillos llenos de dólares para seguir viviendo la gran vida que se da que ese gran emporio que es la FIFA.

Y que conste, no soy enemigo del fútbol. Y como buen hincha del mejor deporte del universo, me he pertrechado “con todos los fierros” para el mundial. Incluido álbum de Panini,  cronograma súper organizado del calendario de los partidos, televisor bien adecuado al frente de la cama y unos buenos kilos de maíz pira para hacer críspeta y una buenas botellas litro de la dañosa pero muy rica y adictiva Coca Cola. Pero como decía una conspicua amiga mía: una cosa es una cosa y otra cosas es otra cosa. Nuestros gustos y pasiones no deberían disfrutarse a costa del sacrificio y la pauperización de nuestros semejantes, y aunque, claro, nada va a cambiar en el Brasil a pesar de las protestas de sus habitantes pobres y nosotros los columnistas idealistas,  por lo menos hay que abrir la conciencia para ver que no todo es color de rosa en este perro  mundo y que, mientras muchos disfrutamos de varios eventos y privilegios, otros más, muchos más, carecen de lo más primario para llevar una existencia que se compadezca con la condición de ser racional.

Ahí queda nuestra reflexión como constancia, que como casi todas las constancias no sirven para nada.  Si aún un Papa tan universalmente popular como Francisco no logra hacer mover a sus seguidores católicos  efectivamente en la dirección del amor y la caridad con  el prójimo – virtudes que él  tanto predica – menos lo va a lograr un pinche columnista perdido en una ciudad del tercer mundo como Colombia.  Pero por lo menos, mientras nos acomodamos plácidamente para ver nuestro mundial, acordémonos  del pobre pordiosero o de hombre de la calle que en la esquina de la cuadra  de nuestro barrio espera un mendrugo de pan o, por lo menos, una mirada no tan llena de odio como casi siempre solemos hacerlo.  Creo que no es mucho pedir…