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ANA FELISA, UNA ARTESANA QUE ‘MOLDEA LA TRADICIÓN’

Ana Felisa Alquichire Porras

Este 13 de mayo, rescatemos nuestra cultura en el Día de la Santandereanidad

“De nosotros quedamos pocos: de 300 que habíamos, solo quedamos cuatro.  Nooo eso no hay ‘naiden’ que haga eso porque es muy duro…”.

Las manos de Ana Felisa Alquichire Porras son el reflejo de un trabajo duro para mantener una tradición que amenaza con extinguirse.  Son fuertes y resecas de tanto moldear  bolas de arcilla para darles forma a piezas ‘ancestrales’ con técnicas aprendidas desde tiempos remotos, cuando los indios Guane poblaban una extensa zona de Santander. Precisamente, sus apellidos hacen gala de su ascendencia Guane.

Alquichire lleva 80 de sus 88 años moldeando arcilla.  Pese a los achaques propios de su edad, continúa trabajando en su humilde vivienda hecha de tapia pisada, techo de lata y con viejas puertas, en la vereda Regadillo, corregimiento de Guane (Barichara), donde huele a barro quemado. Allí se respira sosiego y la humildad brilla con luz propia en ese entorno donde el sonido de los chivos, lo pollos y los pájaros no dejan dudas de que se está en el campo.

Ana Felisa nació para continuar con la tradición. Lo suyo era seguir ‘dándole forma a la historia’.  Muy lúcida, con tono tímido,  hablar pausado y un acento típicamente santandereano, comenta que  “de chiquita quería aprender a coser sacos de fibra, pero no ‘jui’ capaz por ninguna punta de levantar la pata.  Yo sí sabía que lo mío era esto de los tiesticos y ollas de barro.  Desde ‘pelaitos’  ya nos llevaban a traer barro a la mina y en seguida a hacer choroticos chiquitos”.

Desde entonces y aún hoy con su cabello cano, no ha parado de hacer lo que le gusta. Es más, ni siquiera sus quebrantos del corazón  y que le digan que debe tener reposo la alejan de su arcilla, esa ‘masa ocre’  traída por bultos de “‘puallá’ de la Guanentá, en las tierras de Felipe Alquichire”, donde un señor la saca por una “loma ‘repechuda’.

Por estas 30 ‘sacadas’ le toca a uno pagar como 80 mil pesos la traída”, dice para explicar la dificultad para conseguir el material que durante décadas les ha dado el sustento.  “Con esto toca pa’ uno mantenerse, con eso levanté a mis hijos, ‘toy’ mucho vieja, pero no me amaño de balde, me gusta al menos hacer dos tejos en el día, ahí tengo el barro mojado, pero por el frío no he podido hacer nada”, dice con risa tímida y pícara.

La nostalgia la invade por instantes, sabe que con los pocos ‘viejos’ que actualmente trabajan la alfarería, también puede morir la tradición.