Editorial

¿CONTRALORES Y PERSONEROS DE BOLSILLO?

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo sierra mPor encima de todas las apariencias de transparencia y formalidad con la que los concejos municipales y las asambleas departamentales quieren presentar ante la opinión publica los procesos que terminaran en la elección de  nuevos Contralores municipales, departamentales y Personeros de todas las ciudades del país, la verdad es que estos procedimientos están marcados con las mil y una artimaña de las más variadas especies con la que los políticos regionales quieren amarrar sus intereses.

Independiente de los diferentes procedimientos que se han ensayado para conformar las ternas de las que finalmente saldrá los elegidos para esos cargos, la voluntad de las coaliciones mayoritarias que se van armando una vez conocidos los resultados de las elecciones, terminan imperando indefectiblemente en el resultado final de los nombramiento, con unas terribles consecuencias para los intereses de los municipios y los departamento que tan maquiavélicamente son manipulados en detrimento de los dineros públicos.

Para nadie es un secreto que tener en el orden departamental o municipal un contralor de bolsillo o un personero igualmente correligionario de quienes  terminaron designándolo, sirve nefastamente a los intereses de la corrupción que campea cual reina por todo el territorio nacional, y que en tal virtud, la misma razón de ser de estos cargos pierden toda su razón de ser. ¿Puedo yo controlar las tendencias insanas en el manejo de la cosa pública de a quien en ultimas les debo mi nominación?

En las épocas del clasicismo político mundial, la división tripartita de poderes de Montesquieu resultaba una fórmula ideal  para garantizar el autocontrol de las diferencias instancias del gobierno y la posibilidad de blindar el manejo público de acciones nocivas a los intereses de los pueblos. Pero la verdad de esas épocas doradas, que duraron muy poco tiempo, se fue pasando a la de los contubernios entre poderes que, por presiones o intereses económicos o burocráticos, le fueron vendiendo la conciencia al diablo para permitir que ejecutivo, legislativo y judicial, cada uno a su manera, fuera mordiendo gran parte de la torta del estado en su beneficio.

Que los concejales y los diputados son los representantes del pueblo en el municipio y el departamento es la más vulgar de las mentiras, y esto en mucho más claro desde que el poder judicial, paradigma en otras épocas de la más grande dignidad del ejercicio público se corrompió y, hasta los más altos Magistrados de las Cortes,  comenzaron a miserablemente vender sus fallos por un puñado de dólares. Si los jueces se venden, ¿cómo no lo pueden hacer acaso esos embelecos de dignidad que son los tales concejales y diputados y sus respectivos nombrados en las supuestas entidades de control?

Lo de las Personerías Municipales verdaderamente da grima. Por allí, últimamente, solo han pasado verdaderos pusilánimes y cretinos que a más de hacer la mascarado de estar medio cumpliendo con el deber para justificar el sueldo y otras cositas, no le han aportado nada autentico en la defensa de los valores y la dignidad ciudadana de estas regiones, en todas sus esferas, sobre todo cuando el aumente de los abusos de autoridad y las arbitrariedades de otros estamentos de poder público se multiplican de manera tan preocupante. Luego en ultimas, a quien nombren en esos cargos realmente resulta poco importa a los intereses generales, y toda la alharaca que se ha visto por esto días en torno al tema se reduce a las luchas intestinas de la huestes politiqueras que, cada una a su manera, se quieren quedar con un tramojo de poder para hacer de las suyas.

Esto es lo que entre nosotros llamamos democracia, señores. Que de tal tiene bien poco. Porque si se tratara de ver el caso del Concejo de Bucaramanga, son los mismos con las mismas que hace ya muchos pero muchos años, imponen su arbitraria ley del embudo en contra del interese general. Lo ancho para ellos, y lo angosto para eso deletéreo e imprecisable que los manzanillos llaman con cinismo “el pueblo”.