Editorial

¿CUÁNDO DEJAREMOS DE MATAR A NUESTRAS MUJERES?

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POR WILFREDO SIERRA MORENO.

No creo que le quede muy fácil a una sociedad que hoy por hoy casi todos los días registra el asesinato de una mujer, posar de civilizada y culta, y mucho menos de  ser exponente de la defensa de los valores familiares, sobre todo cuando aquí en Santander, por encima de todo ese machismo barato de que presumimos, la mujer ha sido el núcleo central del desarrollo, mantenimiento y crecimiento de los hijos.

Que me acuerde, desde que estaba pequeño, oía ese estribillo de los ignorantes patas al suelo de nuestra región, según la cual lo importante en la vida era ser “puto, liberal y macho”. Pero ser puto y macho era procrean chinitos con la más absoluta irresponsabilidad y luego salir corriendo cobardemente cuando llegaba la hora de mantener a esa prole. Por eso, desde siempre, uno de los mayores componentes de la sociedad santandereana son las “madres cabeza de familia”, ese ingente ejército de abnegadas mujeres que no solo se dejaron engañar sentimentalmente por unos mentirosos redomados, sino que tuvieron que asumir con más estoicismo que cualquier otra cosa la crianza de sus hijos. ¿Y la autoridad que le haga cumplir a esos reproductores instintivos sus obligaciones sociales de padres? ¡Hay!,  esa es una más de las carretas baratas que circulan entre nosotros…

Ahora bien, si un sociólogo bien despierto quisiera encontrar la causa subyacente de ese instinto criminal de ciertos sectores de nuestra sociedad, no es sino que recorra bares y cantinas, en donde al son de canciones arrabaleras y de despecho, pero además con muchos tragos en la cabeza, se repiten melodías en donde persistentemente hay una justificación para terminar matando a la mujer, que siempre, en ese submundo seudocultural, son las culpables de todas las supuestas infidelidades. Que en la mayoría de los casos son imaginarias, porque si algo ha podido descubrir los expertos en la mentalidad del beodo, es que el alcohólico es propenso, en el 80% de los casos, a sufrir de una patología celos, que linda casi siempre con la locura.

A mí se me erizan los pelos de la piel cuando en reuniones y parranda no precisamente de los estratos más bajos de nuestra sociedad, se canta con que entusiasmo esa arrabalera canción “15 años tenía Martina”,  y los corros de las parrandas se hacen más emotivos cuando después de recibir la pobre mujer –en la canción-  hasta el desprecio de su padre por una supuesta traición, se repite casi con emoción desbordante el estribillo, “hincadita de rodillas no más 6 tiros le dio”.  ¿Puede haber mayor incitación subliminal a justificar el asesinato de las mujeres? Y como esa, muchas otras melodías justifican e incitan a acabar con la pareja por deslealtades reales o imaginarias.

Ahora bien, si alguien le parece muy rebuscado mi recurrir a este tipo de ejemplos para explicar una corriente de bestialidad machista en Santander, no basta sino recordarle  que entre nosotros lo que llamamos gobierno, o estado, o establecimiento, o escuela, o colegio, nunca ha tenido un marco de formación ética –que es diferente a la moral- para instruir a nuestros ciudadanos en cuanto a las responsabilidades familiares, y desgraciadamente muchos terminaron formando eso que malamente llaman “hogares”, cuando un embarazo no deseado precipito decisiones de este tipo. Y no vale decir que este fue el caso de las generaciones anteriores, porque hoy por hoy los muchachitos y las muchachitas son mucho más irresponsables en materia sexual, y los embarazos en adolescente se multiplican por centenares.

Yo celebro que desde las instancias oficiales, tanto departamentales como municipales, exista una seria preocupación por el desenfrenado fenómeno de los Feminicidios entre nosotros, pero se me hace, con las debidas excusas a quien pueda fastidiar, que este es un hecho que va mucho más allá de declaraciones de prensa con buenas intenciones. Que nuestras autoridades policiales estén alertas para en el caso de evidencias de posibles agresiones detectadas me parece perfecto, pero sería mucho mejor que pudiéramos tener un ambiente cultural, emocional, familiar y afectivo que no fuera tan primario y agresivo, tan miserable en algunos casos, como el que tenemos.

Pero eso, señores, es un proceso cultural, y los procesos culturales en los pueblos no se construyen de un año para otro. Sobre todo si no se tienen los suficientes pantalones y se prefiere vivir con eufemismos y versiones rosa de nuestros males.  Y lo peor, termino repitiéndolo, es que en nuestra juventud no hay signos claros que se quiera aprender de los errores de los mayores. Triste, pero así es…