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DECIRES Y CALLARES

mod-6845926-1Carlos Manuel Sánchez Pérez. Periodistas & Comunicadores. Linke in.

Contaba Mijail Gorbachov, al declinar de su mandato, que antes de que le dejaran la taza de té vacía ante las cámaras de televisión era un hombre poderoso. Tan poderoso como para tener a su disposición más de 2.000 consejeros. “Y yo sabía que uno de ellos me decía la verdad. Pero no sabía cuál”, se lamentaba el dirigente soviético. Esta anécdota ejemplifica como ninguna cómo el exceso de información es la nueva forma de manipulación. No es necesario mentir. Basta con saturar de información a los ciudadanos, hacerles saltar de una noticia a otra, de una supuesta realidad a otra a cual más atroz. Huérfanos de valores, sin otros criterios que el  de la adoración al espectáculo, al efectismo postmoderno, a lo efímero como medida de lo insignificancia de los días, vivimos inmersos en una maraña de decires y callares absurdos.

Y me planteo, así, a vuelapluma: han secuestrado a 500 niñas cristianas en algún lugar de Nigeria para prostituirlas y venderlas a esposos musulmanes; despareció un avión hace seis meses que partió de Malasia hacia China; continúa explotándose laboral y sexualmente a niños en todas las tierras del planeta; mujeres cristianas y yazidíes son secuestradas y violadas y vendidas en el denominado Estado Islámico; han asesinado a dos periodistas que cumplían con su obligación de contar lo que pasa en esa zona de la Tierra; han degollado a un cooperante británico; continúan los incendios de fábricas textiles en Bangla Desh con el resultado de decenas de muertos; Israel continúa arrasando casas de la cárcel de Gaza; el Tíbet sigue siendo oprimido, el virus del ébola sigue su rutina de termita… Podría escribir la crónica miserable de estos días y no haría sino, como las olas de un mar bravo, presentar constante y sucesivamente los decires del dolor. Decires  efímeros, olvidadizos, porque nos tienen entretenidos (algún día se hablará de la estrategia del entretenimiento) con miles de mensajes cruzados que  acaparan nuestra atención. Mensajes inconexos, mensajes sin sentido al que dirigirse, mensajes opio. Lo que pasa no es lo que se nos dice; y lo que nos dicen no es lo que pasa. Eso está pasando.

Echo de menos otros decires. No veo manifestaciones por las calles. No  escucho declaraciones  indignadas de quien ante  menudencias  se rasgan las vestiduras con grandes alaridos.  ¿Dónde están los partidos políticos? ¿Dónde están las iglesias católicas, cristianas? ¿Dónde están los representantes islámicos y hebreos? ¿Dónde están las convocatorias de los actores? ¿Dónde las de los movimientos feministas? ¿Dónde los sindicatos? ¿Hay conciencia más allá del interés chato y aldeano que calla ante la desnaturalización humana?

A veces, no encontramos manera de decir lo tremendo que resulta ser humano. En ese silencio cabemos todos. En el callar vergonzoso, no.