Editorial

DESARMANDO LOS ESPÍRITUS…

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

img_20160507_161718Si algo ha resultado realmente bien contradictorio y desconcertante en estos cortos días que se han tenido para hacer el debate público sobre la votación por los acuerdos de La Habana –yo diría más bien un remedo de debate – ha sido el ambiente de pugnacidad que ha tomado la controversia en las diferentes esferas donde se ha dado, sean ellas plazas públicas, universidades, medios masivos de comunicación e inclusive –y sobre todo habría que apuntalar – en las redes sociales.

Los insultos van y vienen y los madrazos son el pan nuestro de cada uno de estos días, sin importar el estrato y la condición académica de quienes de tranzan en una guerra verbal para tratar de defender o atacar una paz hipotética. En alguno de los grupos de WatsApp, compuesto por comunicadores y supuesto líderes sociales y políticos, los niveles de adrenalina han llegado a tal punto que la verdad no se distancian mucho de una garrotera de verduleras.

La pregunta es, ¿si eso se da a un nivel que se supone esta mediado por un nivel intelectual y educativo alto, que se puede esperar de las confrontaciones entre estratos en donde la cultura y la paciencia no son precisamente la virtud predominante? Y he tenido que llegar a la conclusión que me chocaba mucho – de algún pensador oriental – pero que ahora la veo meridianamente clara delante de mis narices… Y es que mientras no se desarmen los espíritus, los estados de ánimo,  la animalidad primaria de una sociedad, en bien difícil hablar, practicar y vivir en paz.

Sobre todo cuando a despecho de las frases hipócritas de los “manejadores” de opinión de nuestro entorno, el proceso de paz si se volvió un hecho político en donde los dos grandes caciques de esta patria de indios bien vestidos, se disputan descaradamente el dominio total de las tribu nacionales. Quienes durante muchos años hemos manejado medios de comunicación o hemos tenido que vivir en el área de  la información,  sabemos de lo que son las falacias de algunos discursos teóricamente muy altruistas que, entre líneas, llevan un letal veneno contra su contendor.

Pero me sorprende, y lo digo con una verdadera triste sorpresa, el nivel de agresividad e intolerancia que veo en todos los estratos de la sociedad colombiana, incluida una iglesia católica y unos grupos de protestantes fariseos que como vulgares mercaderes del templo están buscando pescar en rió revuelto. Que se firme un papel que prometa lo humano y lo divino es lo de menos. Que realmente se cumpla todo lo que se dice en ese papel es otro cuento.

Y para que se cumpliera tendríamos que tener los espíritus realmente desarmados, domeñada la instintividad primaria, desarrollada una verdadera generosidad…  Y no esa caridad de nuestros ricos raizales que dan con arrogancia, buscando demostrar con ese gesto su superioridad y, sobre todo, tratando de humillar al otro. Lo que es, en sí,  un acto de violencia.  Cuanto tendríamos que aprender de culturas como la Tibetana budista, la Hindú  con sus escuelas de filosofía trascendental y de todos esos conglomerados realmente evolucionado en el mundo, que saben que lograr esos estados evolucionados de conciencia y paz, son el fruto de muchos años de trabajo disciplinado y de meditaciones diaria. Pero por estos lados estamos muy lejos de tener esos dones que hacen que un hombre sea realmente consecuente  entre lo que piensa, habla y hace.

Yo votare por el SI, se lo he repetido a muchos de mis amigos, pero no le creo ni un décimo a las promesas que el gobierno y las FARC han impreso en ese papel. Y no voto por el NO porque no quiero darles más alas al guerrerista enfermo,  psicópata y arrogante del señor Uribe, que cree que el resto de los nacionales somos sus piones de la finca del Ubérrimo, que en su locura el cree que es todo el territorio colombiano.

Más que para los politólogos y economistas, el análisis de estos días de debates (¿?) sirven de materia prima para que los sociólogos, psicólogos y siquiatras hagan una serio estudio del estado mental de la mayoría de nosotros los nacionales. Todo un ejército de alienados andamos sueltos por las calles todos los días, y a nadie le importa. Pero bueno, es que nuestros tales gobernantes son los más locos en una nación desequilibrada.