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Editorial: AGREDIDO DESDE NIÑO…

Por Wilfredo Sierra Moreno.

1972338_10205974735908905_5435813286741860605_n(1)Ahora que los años y la inminencia de la muerte me han hecho escribir un buen número de crónicas sobre mis experiencias en el paso por este perro mundo, me he tenido que encontrar, con mucho dolor, que me tocó vivir un hogar con un padre definitivamente agresor, y con el cómo las huellas psicológicas y emocionales de esa vivencia se han prolongado a lo largos de mis años de existencia con consecuencias muy aburridoras. Por eso, como igualmente lo digo en esas notas, una cosa es escribir o hablar desde la cómoda posición de burócrata de oficio sobre una experiencia que no se ha experimentado, y otra es haber vivido en carne propia la maldita agresión de quien además se precia, con orgullo estúpido, de haber engendrado mucha prole.

Pero lo más indignante en toda esta orgia de literatura oficial estúpida con que nos bombardean todos los día en los medios de comunicación sobre la supuesta preocupación por la suerte de los jóvenes y niños de nuestra sociedad, es que de la intención y el deseo para ganar titulares de prensa mediáticos no se pasa, y no hay nada concreto y efectivo para que todas estas situaciones realmente dejen de suceder. Para la muestra, el tema del trabajo infantil que, a pesar de todas esas plañideras que dicen rasgarse las vestiduras desde los organismos que tendrían que ver con la solución de estas cosas, no disminuye en Santander.

Desafortunadamente la supuesta franqueza del santandereano no es más que una de las tantas mentiras que nos decimos sobre nosotros mismos a diario, y así, nunca hemos hecho un análisis serio de las raíces ancestrales de esa agresividad y brutalidad instintiva del santandereano promedio. Tristemente esa institución de viejos gaga que es la Academia de Historia de Santander, nunca ha podido producir de entre sus múltiples disque hombres muy ilustres e iluminados, un solo trabajo serio sobre la agresión, la violencia intrafamiliar, la violación y el incesto, que es una de las marcas tristes de una raza que tiene mucho de que avergonzarse.

Pero no, ellos siguen enzarzados en la evocación bucólica de las supuestas grandezas de nuestros próceres, grandezas muchas de ellas realmente inventadas por los mismos “historiadores” de estas y de otras épocas, o de intentar demostrar, mediante argumentos leoninos, que sus familias provienen de la más rancia prosapia libertaria y prehistórica, y que por lo tanto merecen que todos los demás patas al suelo les hagamos venias vergonzantes a pesar de que algunos de esos herederos de tan altos linajes son unos verdaderos crétinos. Pero si sus elucubraciones peripatéticas no corresponden en nada con la verdad ancestral, histórica, humana y social que ha vivido efectivamente el departamento de Santander, ¿qué importa?

Aquí de lo que se trata es de presumir, así sea a través de la mentira, viviendo de espaldas a los grandes dramas que una raza  ha tenido gracias a sus machos desbordados sexualmente, agresores, violadores, gritones, dispuestos a matar a quienes no les haga venia… Unas consecuencias psicológicas y sociológicas de las que, desde luego, no se quieren hacer responsables. ¡Porque para irresponsables ética, social y familiarmente, los muy barones originarios de estas tierras somos unos verracos! Luego de propósitos realmente serios de corregir estos problemas no hay muchas intenciones en algunas elites gobernantes locales, que son unos duros para hacerse obedecer, así sea a las patadas. ¿Qué pueden hablar de preocupación por la situación infantil unos señores que en la práctica son unos auténticos y típicos agresores?