Editorial

Editorial: COLOMBIA, ¿UN ESTADO LAICO?

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

descargaCuando muchos sectores del país insisten en que una Constituyente que escriba en nuestro texto de ordenamiento legal unas nuevas normas que teóricamente irían a resolver todos los problemas sociales de Colombia, uno no puede dejar de  oír esas expresiones con cierta ironía, porque en nuestra Constitución Nacional hay toda una serie de preceptos que a nadie le interesa hacer cumplir – por acción u omisión – y toda esa normatividad queda como rey de burlas.

En esa Constitución se dice que, a partir de la reforma del 91, éste es un estado laico, y que debería haber una clara separación entre el estado y la religión, cualquiera que ella sea, considerando  las devociones particulares una cosa totalmente personal sobre la cual el estado, bajo ninguna circunstancia, debe intervenir. Pero lo que uno ve ahora que se aproxima una nueva celebración de la denominada semana santa, es que muchas administraciones municipales se comprometen, en cuerpo y alma, con la tal programación y realización de ese evento, sin ningún tipo de reato.

¿Porque si la norma de norma dice que una cosa es el estado – en sus diferentes expresiones, nacional, departamental y municipal – y otra la religión y sus celebraciones, muchos gobernantes locales se comprometen de manera tan apasionada en estas celebraciones? Porque aquí las nomas y la ley son letra muerta que a nadie le interesa poner en práctica  y cada quien, a su manera, trata de ejercer su pedacito de reinado personal como a bien le parece.

Lo más grave de todo -sobre todo cuando se habla tan hipócritamente entre nosotros del futuro de la niñez-  es como muchas de estas celebraciones están incluyendo agresivamente a los infantes, incurriendo en la acción de hecho de imponerles a los niños una religión y una forma de ver el mundo. ¿Es eso democracia?  Por supuesto las religiones, en todas versiones, no creen precisamente en la democracia, porque cada una de ellas, a su modo, se cree depositario de la verdad revelada y con un supuesto derecho de imponerles su  verdad a los demás, a las buenas o a las malas…

Ahora cuando muchos viven pregonando el embeleco de que una nueva Constituyente sería la solución a todo los males de éste país, la gran pregunta es,  si, ¿pero quién garantiza que todo eso que suena tan bonito en el texto se aplique realmente en la práctica?  La manipulación de la información es tan grande en el terreno religioso en este país, que, por ejemplo,  el daño a una estatua de yeso es estigmatizado aquí como un gran delito. Pero lo que es peor, los medios de comunicación se prestan para seguir expandiendo el terror religioso que nos hace temer que desde la edad de la supuesta santa inquisición, no hemos avanzado mucho. ¡Qué desgracia!