Editorial

Editorial: EL ASESINO SECTARISMO RELIGIOSO…

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 Por: Wilfredo Sierra Moreno.     

wilfredo sierra mEl atentado contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo por parte de los feroces sectarios musulmanes es una más de las tantas atrocidades que, en nombre de las creencias religiosas de los más variados pelambres, se han cometido en el mundo, y muestra hasta donde la alienación ideológica, de cualquier clase, es el peor lastre que tiene el ser humano y la convivencia universal. Y aunque los hermanos musulmanes a lo largo de la historia han sido siempre terriblemente intransigentes y violentos – y hoy por hoy están en el ojo del huracán por la atrocidad que acaban de cometer – no hay que olvidar que no han sido los únicos que a lo largo de la historia universal han llenado de sangre y miseria a sus congéneres, en nombre de sus miserables dioses…

Los muertos de la terrible época de la inquisición de la iglesia católica se pueden contar por millares, pero con un agravante: no eran muertos en una arremetida violenta de pistoleros como ocurrió esta semana en Francia, sino el final de un perverso proceso de torturas despiadadas e indecibles, en los cuales, por medios demoniacos, se les hacía decir a los hombres que eran herejes y a las mujeres se les hacía firmar una confesión de brujería. Si a los musulmanes se les puede acusar de que no admiten ninguna oposición a sus curiosas y desconcertantes creencias, los viejos – y también los actuales curas sectarios – no eran menos intransigentes en sus imposiciones teológicas: Un pensamiento contestatario, una opinión divergente, eran suficientes motivos para ser reos de brujería: brujos y herejes tenían la misma connotación malintencionada y maliciosa para jueces y verdugos que los perseguían. La culpa se extraía de los capciosos interrogatorios y de los tormentos aplicados. Los expertos en la investigación histórica sobre estas barbaridades del dogmatismo ideológico nos dan una descripción exacta de lo que por esas épocas pasaba: Las mujeres convictas de brujería no eran las viejas repugnantes y decrépitas. En la mayoría de los casos eran jóvenes, doncellas de intachable conducta, señoras ricas de la alta sociedad. De por medio, había envidia, odios de galanes frustrados, ambición de quedarse con las riquezas de las señoras, misoginia, miedo a la mujer, comercio, pequeñez moral e hipocresía de autoridades civiles y eclesiásticos.

Para los dogmáticos no es admisible el mas mínimo pensamiento contestatario en contra de sus creencias, así sea por medio de la ironía de la caricatura… O se cree ciegamente en lo que ellos dicen o se muere. Y de eso sí que pueden dar testimonio esas otras formas de religión como el comunismo y las corrientes armadas y desarmadas de izquierda, que sin formula de juicio y a la menor sospecha – muchas veces injustificada – fusila decenas y centenares de los denominados “esquiroles” y supuestos traidores a la causa.  ¿Se puede tener pensamientos divergentes en China o la folclórica República Revolucionaria de Venezuela?   Los fanatismos, de cualquier clase y origen, son la peor lacra que puede tener la humanidad, pero tristemente las evidencias científicas demuestran que, como en el caso de los musulmanes, las masas, los sectores populares incultos y desorientados, se ven desafortunadamente inclinados a hacerse prosélitos, adeptos y seguidores en masa de tal tipo de locuras ideológicas o dogmáticas.

Claro, en la zoología de los desequilibrios mentales, no han faltado ya no sectas sino clases sociales regadas aquí y allá en el planeta, que se creen de una raza superior, iluminados, selectos, predestinados por su condición supuestamente suma en educación, fortuna y sangre, a gobernar por su fatua presunción de “hombres dioses” sobre los demás y a imponerle sus criterios. Pero es que, como siempre lo he dicho, por encima de la supuesta ilustración y desbordante tecnología moderna, las máquinas y los recursos de la ilustración electrónica del planeta están en manos de seres que, todavía y aunque mucho nos duela, somos unos verdaderos primates.

Hagamos pues el duelo por los caricaturistas muertos y nuestros gritos de indignación por la tragedia de ahora, mientras llegan las de mañana y nos olvidamos de ésta. Así hemos ido desde los tiempos de la primera guerra mundial, y así iremos hasta los estertores de la última gran guerra de destrucción, cuando sea demasiado tarde para darnos cuentas que fuimos demasiado torpes para manejar nuestro destino como raza y civilización…