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Editorial: ENFERMEDAD “MATA” ESCRITURA…

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo sierra mUna de las cosas que más me gusta hacer en la vida –además de la obvias- es escribir, y posiblemente a ninguna sección de El Crisol le saco tanto gusto como hacer esta nota editorial diaria que para mí, modestia aparte, no es ninguna tortura, ya que gracias a la generosidad de la naturaleza para con esta humilde servidor, nunca he sentido el síndrome de la página en blanco ni me parece “atormentador” editorializar todos los días. Desafortunadamente una seria afección viral que me tiene un poco desconcertado ha hecho que estos dos últimos días prácticamente se me haya hecho imposible sentarme al computador a zurcir unas cuantas líneas.

Achicopalado y sintiendo, como solo cuando uno está enfermo, el peso de la soledad, a mi memoria han venido en estas horas las premisas de mi querido Lama Ole del Budismo Tibetano, en cuanto al hecho de que lo único cierto que tiene un hombre con muchos años de existencia, es la vejez, la enfermedad y la muerte. Contrariamente a la cultura oriental y budista en particular, a los occidentales no se nos ha instruido nunca en la dirección de enfrentar con realismo estos hechos inevitables de la vida y, por el contrario, en una realidad casi de cobardía institucional y cultural de esta parte del mundo, se evita de todas las formas enfrentar estas verdades incontrastables de la existencia.

Es más, entre algunos estratos sociales es consideración de tema “de mal agüero” hacer referencia a la muerte inevitable personal o de los familiares, y la consecuente invitación a ser más positivos es una reacción mecánica que quienes, imbuidos en un concepción religiosa católica o cristiana en general, realmente no tienen ni la menor idea educada de lo que es la muerte y lo que pasará después de ella. Salvo la imagen medio estúpida del paraíso terrenal, en donde “los buenos” –los que le entregan en vida la plata a los curas y al pastor- disfrutarían interminablemente la compañía de ángeles, idea tonta en lo racional e inclusive teológicamente, las religiones predominantes occidentales no tiene una aportación madura para entregarle a un ser medianamente lógico una explicación sobre lo que sucede después de la muerte.

En contravía, los orientales, ya sean hinduistas o budistas, han manejado desde tiempos ah el concepto de la reencarnación, que inclusive algunos primeros padres de la iglesia católica en los primeros años de ella defendían, pero que fue tan radicalmente exterminada por los sensores que, a sangre y fuego, impusieron una concepción amañada de los misterios de la existencia.  La concepción budista es tan radicalmente opuesta a la nuestra que no solo tienen una aceptación natural de la muerte, sino que la consideran la gran oportunidad para lograr la iluminación y salir del samsara, esto es del ciclo interminable de nacimientos y muertes que aprisiona a la individualidad en muchas vidas de dificultades.

Es tal su experticia en esta materia, que tienen un texto llamado El Libro Tibetano de los Muertos, atribuido por los expertos al gran maestro hindú que consolido el Budismo en el Tíbet, Padmasambhava, que indica, paso a paso, que debe hacer el moribundo y sus allegados desde los momento previos al fallecimientos, y horas y días después, donde gracias a una técnica milenariamente practicada por esta corriente filosófica, se garantiza o la salida definitiva el circulo de vida y muerte, o por lo menos una siguiente reencarnación más afortunada.

Claro, por muchas lecturas y algunas pequeñas prácticas de la disciplina budista, la vejez, la enfermedad y que decir la posibilidad de la muerte no dejan de producirme en el fondo un cierto “beriberi”, por no decir gran culillo, lo que demuestran que los barnices intelectuales a veces no sirven mucho a los formados en un contexto hecho, desde nuestra infancia, de miedos atávicos. Pero bueno, por los menos estas divagaciones personales me han servido para escribir hoy mi columna diaria, y ojala me den para seguir cumpliendo con el deber, no dejando de recordarme que todos los días y en todas partes del mundo las gentes se enferman, se vuelven viejos y se mueren. ¿Entonces cuál es el miedo? ¡Ni que fuera el primera, carajo!, como me gritaría indignada mi recia abuela.