Editorial

Editorial: ¿ES POSIBLE SER SANTO?

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Por Wilfredo Sierra Moreno.   

wilfredo sierra 2Desde el comienzo de su existencia como ser racional el hombre ha tenido la instintiva tendencia a mitificar algunos hechos de la naturaleza o de su vida en comunidad, con tal de mitigar la dureza de la existencia. Y así el miedo primario hizo a los primero seres teóricamente con conciencia hacer del sol, la luna, el rayo y muchas cosas más, a dioses frente a los cuales subliminar sus aprensiones frente a la no  totalmente  comprensible razón de existir.

La mitología antigua es prodiga en dioses y diosas furibundas y combatientes frente a los cuales los mortales tendrían que rendir tributos para colmar sus iras o satisfacer ciertas necesidades y, en la posterior evolución de la especio, las familias dinásticas y las monarquías fueron una transferencia de las virtudes divinales de los dioses a seres de carne y hueso, con una sangre especial, “azul”, que inconscientemente estaban destinados a demostrar que no todos los hombres eran vulgares patas al suelo, como los labriegos, los esclavos o el simple ciudadano común y corriente de los reinos primitivos  y que habían unos seres “especiales”, que harían que el ser humano, mortal, falible, no fuera tan vulgar como así mismo se veían las castas bajas de las diferentes culturas del planeta en esos lejanos tiempos.

Inventado el cristianismo, con un supuesto hijo único y exclusivo de Dios – ¿acaso en la teología cristiano no todos lo son?-   la diferencia entre el único santo y puro establecía una clara condición de sometimiento del genero total de los mortales, con sus debilidades y pasiones, frente a su mesías… Pero también a los habilidosos supuestos intermediarios entre la tierra y Dios, quienes podrían por su privilegiada condición, ser herederos de las condiciones “santas y castas”, de su representado.

Los robos, crímenes y despojo de estos afortunados no deberían ser lastres morales ante los ojos de los demás seres humanos, porque la condición de “santo” haría que todo lo que hicieran estos beatos, así fuera mal visto por el vulgar ojo mortal, estaba inspirado en su condición divina. Que ese discurso mueve gran número de masas de gentes comunes y corrientes no tiene la menos discusión, y una prueba palmaria de ello es la reciente millonaria asistencia a la Plaza de San Pedro, en Roma, donde fueron canonizados los dos últimos papas muertos del catolicismo, como lo serán los siguientes de aquí en adelante,  por mecánica transmisión de costumbres de la Curia Romana.

Pero no solo a los cristianos se les puede acusar de idolátrica necesidad de tener dioses de carne y hueso para reverenciar, por lo que  no hay sino que ver cuánto entusiasmo causan las monarquías existentes en las respectivas bases populares de sus pueblos y como, por ejemplo, con la Princesa Diana de Gales se llegó a los más patéticos  extremos de mitificación posible en los tiempos modernos. ¿Acaso Hitler y Mussolini no fueron adorados como a verdaderos dioses, en su momento, por los pueblos sometidos a su demoniaco encanto?  Las masas – dicen algunos estudiosos de la siquis colectivas – tienen desafortunadamente una debilidad atávica por seres y personas que sean – real o imaginariamente-  superiores a ellos  y no importa que la posibilidad de un racional con los rasgos de santidad, probidad, inteligencia y moral a toda prueba sea científicamente imposible, el que necesita un ídolo -ya no de barro, como antaño-  se lo inventa y se somete a él, convencido  que por su intercepción puede lograr lo que por sus flacas virtudes e inteligencia no puede conquistar.

Y por eso quienes conocen esas debilidades de masas crean sus propios “genios maravillosos”,  que generan seguidores a millón, pero también poder y mucha riqueza. Lo que no deja de traducir en el lenguaje macro, que el vivo vive del bobo y el bobo de papá y mamá…  Y eso a pesar de la teórica evolución científica de nuestras cultural y los adelantos tecnológicos de los que vanidosamente nos preciamos. Pero, para terminar con una de esos clásicos dichos de cajón de mi quisquillosa abuela, es que “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”…