Editorial

Editorial: KARMA: LEY DE CAUSA Y EFECTO…

Por Wilfredo Sierra Moreno.         

WILFREDO SIERRA MORENODesde hace algún tiempo soy asiduo lector de los principios budistas, una doctrina laica, no sectaria, que recurriendo a la ley natural, explica muchas de las cosas que le pasan a los hombres en la existencia, sin recurrir al recurso manido de echarle la culpa o pedirle canoa a un Dios hipotético que, actuando como un terrible dictador de todo lo que pasa en la existencia, obvia la responsabilidad de los mismos seres por sus actos. Por el contrario, así como cuando usted en la naturaleza siembra papas, recoge papas, o siembra matas de ají, recoge ají, cada hombre y cada sociedad es responsable de lo que tiene en el presente como fruto de los actos y acciones del pasado.

Toda esta introducción filosófica para abordar el terrible tema del desorden medio ambiental en que vivimos hoy día a propósito de la llegada del fenómeno del Niño, que originando ya grandes sequias y muchos incendios forestales y hasta pérdida de vidas, apenas si comienza. En las próximas semanas vendrán racionamientos de agua, pérdidas a montones de siembras y toda una serie de desastres que, tristemente, son hechos aprovechados por los oportunistas predicadores de apocalipsis estúpidos, para sembrar miedo entre las mentes débiles y no formadas de entre nosotros.

¿Pero quienes son los verdaderos responsables de las duras condiciones climáticas que desde hace algunos años priman sobre el planeta? Nosotros mismos… Durante muchos decenios los pocos seres ilustrados del mundo sobre materias medio ambientales nos hablaron del cuidado que los seres deberíamos tener con nuestra tierra, lo que los indígenas llaman “la pacha mama”, pero la mayoría de nosotros y los gobiernos y dirigentes que solo piensan en las utilidades financieras a cualquier precio, hicimos caso omiso de las prudentes recomendaciones de los sabios naturalistas, y nos hemos ido tirando la casa  donde vivimos de manera grave, peligrosa y pareciera ser que  irreversible.

Pero como la mayoría de nuestros congéneres son seres desesperantemente desinformados en estas materias, sería buena recordarles que la Organización Mundial de la Salud ha dicho, oficialmente, que más de 7 millones de personas mueren anualmente en el mundo a causa de la contaminación ambiental, ya sea fuera o dentro del hogar, lo que convierte a la polución –además de los grandes calores y las lluvias torrenciales – en el principal riesgo medioambiental para la salud.

En una nota publicada hoy 16 de enero en el diario El Tiempo sobre la materia, se nos dice que “los estudios han revelado que el ochenta por ciento de las enfermedades causadas por la contaminación ambiental exterior son dolencias cardiovasculares: un cuarenta por ciento son ataques al corazón y otro cuarenta por ciento son ataques cerebrales. El restante 20 por ciento de las enfermedades causadas por la contaminación externa lo conforman: las afecciones pulmonares crónicas (11%); el cáncer de pulmón (6%); y las infecciones respiratorias agudas en niños (3%). Con respecto a la polución en los hogares, las principales dolencias que causa son: los ataques cerebrales (34%); los ataques al corazón (26%); afecciones pulmonares crónicas (22%); infecciones respiratorias agudas en niños (12%); y el cáncer de pulmón (6%).

Los datos son desesperantemente sorprendentes pero, ¿quiénes fuera de la sociedad científica especializada se sienten aludido? Pero además, frente a las graves consecuencias del desequilibrio ecológico, ¿quiénes tomamos acciones serias, personales, para no seguir destruyendo nuestra casa? Me llamo a mucha curiosidad hace algunos días la expresión de una no muy ilustrada señora que, frente a los altos calores y ya algunas otras consecuencia como resultados de estos, me expreso: “¡Que desgraciado karma este del calor en esta vida!” Lo que no sabe la desinformada dama es que en el lenguaje budista el karma se define como “el efecto de las causas que nosotros mismos hemos sembrado a lo largo de la vida”. Así que mientras sigamos sembrando factores que sigan contribuyendo al desequilibrio ecológico, no solo estas sino peores consecuencias vendrán para la convivencia de los mortales sobre el planeta tierra. Hasta la destrucción final. Una destrucción que no será la acción de ningún dios iracundo e irracional, sino el fruto de la brutalidad de los hombres que nunca aprendimos a respetar la superficie y el ambiente en el que vivimos. Así que, señores, a quejarse al mono de la pila.