Editorial

Editorial: LA CULTURA CIUDADANA.

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo sierra 2Muy importante me parece el esfuerzo de varias entidades oficiales y privadas para tratar de desarrollar toda una estrategia seria de cultura ciudadana  en este nuestro querido departamento de Santander en el que la envidia, el individualismo y el temperamento camorrista es una constante,  así aquellos hipócritas acostumbrados a vivir de las apariencias se les salte la piedra cuando uno toca el tema.

El esfuerzo es muy importante pero la meta final a lograr no es fácil, porque el problemita además de tener componentes genéticos y ancestrales, va más allá de las campañas publicitarias para descrestar al público, y pasa, necesariamente, por el ejemplo que debe dar con su vida quienes a nivel familiar o público, quiere ser predicadores de una nueva ética. Entendiendo que la mejor forma de ensañar es el ejemplo y no el discurso hipócrita de quien se desgañita por representar unas supuestas virtudes personales y sociales de las que no es ciertamente un ejemplo personal.

Hablamos de la tolerancia, por ejemplo… ¡Se le puede instruir esa virtud a los santandereanos cuando a nivel nacional los principales protagonistas de la contienda electoral, quienes se suponen son los grandes prohombres y ejemplo de la sociedad para dirigirla, se agarran en  peleas peores  que las de las verduleras en la plaza y, recurren a las más viles herramientas con tal de destruir, a cualquier precio, al otro? No es ese un escenario muy ejemplarizante y, lo más grave, se hace todos los días en presencia de la familia a través del televisor.

Predicar la honradez cuando se convirtió en un hecho habitual  pedir el 20%  -ahora dicen que es el 40%- por cualquier contrato que se le va a adjudicar a un nacional, no es necesariamente una empresa fácil. Y decirles a los muchachos que lo mejor que pueden hacer en la vida es estudiar cuando todos los días en las telenovelas ven que se exalta al narcotraficante, al bandido, a la mujer más piernisuelta y calculadora,  es cuando menos estúpido.

Mi abuela solía  decir que la mejor forma de decir era hacer,  y que el solo discurso positivo sin la práctica personal de esas virtudes  era degradante para el hombre, y se convertía en la peor expresión práctica del mal.  Y es que no siempre le resulta fácil entender a algunas elites que el mejor caldo de cultivo de la deformación de ciudadano promedio ha sido esa estructura socioeconómica que han montado unas roscas no propiamente morales –aunque se desgarran las vestiduras hablando de moral- que han dispuesto de unas condiciones en las que con cara ganan ellos y con sello pierden los demás.

Sí, claro, sería bueno que todo esto cambiara, pero eso no se puede hacer  desde una concepción clasistas en donde unos personajes que se visten de buenos –cuando no lo son – llegan a predicarle a los pobres diablos con los patas al suelo que los miren a ellos, que son lo mejor que ha parido la naturaleza, para imitarlos.  Aquí hay problemitas que tienen unas implicaciones muy profundas, y si de verdad se quiere hacer un trabajo serio en cuanto a valores humanos, hay que ir más allá de las presentaciones muy elegantemente exhibidas para las mismas elites de siempre que se  felicitan unos a otros de ser tan bellos, inteligentes, de buenas familias y tan superiores, por lo que le van a enseñar “su grandeza” al pueblo.

La cosa es con ejemplo desde arriba, señores… Lo demás es carreta.