Editorial

Editorial: LA ENFERMEDAD, LA VEJEZ Y LA MUERTE…

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo sierra mSi algo me gusta del Budismo como filosofía de vida es el pragmatismo y a veces la frialdad con los que asume los hechos fundamentales de la existencia humana, sin esos matices hipócritas de sentimentalismo con el que algunas corrientes cristianas quieren condimentar su cuenta para sacar plata y más plata en el nombre de su infernal diezmo. El budismo nos dice sin rodeos que todo lo que vemos en esta existencia de tres dimensiones es simple y sencillamente pasajero, y que lo único que puede esperar ciertamente un hombre que llegue a una edad madura, es la enfermedad, la vejez y la muerte. Por encima de todos esos oropeles con los que el ego quiere cubrir la vanidad de algunos mortales, no hay riqueza, ni buen apellido, ni poder que pueda hacer que ese final pueda ser esquivado.

Desafortunadamente para quienes vivimos  solos –que muchas veces es mejor condición que esa zalamera e interesada compañía de la que algunos se precian con más ingenuidad que sabiduría  – la vejez y la enfermedad no dejan de ser los momentos más proclives a la ansiedad, sobre todo porque a pesar de toda la literatura filosófica que tengamos en la cabeza, en los momentos de crisis física y emocional no siempre somos capaces de recurrir a los dictados profundos de la filosofía trascendental, y caemos en las viejas manías de las dependencias primarias, esas que nos hacen desear estar siendo atendidos y consentidos en los momentos de dolencias.

Ciertamente la enfermedad es un hecho que se debe vivir personal y aisladamente, esencialmente porque por encima de las declaraciones formales de solidaridad y preocupación, lo cierto es que puñalada en barriga ajena no duele. Y sobre todo porque en algunos grupos sociales más que lealtad humana, existe la dura realidad del charco de pirañas, donde el colectivo espera cuál de sus miembros este en debilidad para comérselo, sin compasión, a dentelladas. En especial si esos grupos están compuesto de individuos venidos de los más bajos estratos sociales que, ante la transitoria y efímera presencia de la diosa fortuna, se hinchan como los zapos, con una arrogancia demencial que les hace presumir, torpemente, que están por encima de todos los mortales. “Vanidad de vanidades, dijo El Predicador, todo es vanidad…”

Difícil es recordar cuando estamos en nuestros días de éxito y esplendor que un día seremos festín de los gusanos. Pero el Ego, dicen los maestros Budistas, enceguece la razón y no nos dejan ver en su verdadera dimensión la transitoriedad de nuestra mortal existencia. Solo cuando la enfermedad nos golpea duro y caemos impotentes a la cama, recordamos que nuestro juego de zapos con sacoleva es una fatuidad estúpida. Y entonces entendemos también que todo ese cuento de familiares, mujeres, hijos, nietos, amigos, colegas y compinches que juraban dar la vida por nosotros no era más que una ilusión majadera. Maya, la llaman los hindús. La gran alucinación alterada del caminante perdido en el desierto que ve oasis paradisiacos que su mente anhelan desesperadamente, pero que ciertamente no existen. Y que frente al gran determinante de la existencia, la vejez, la enfermedad y la muerte, se esfuman ineludiblemente.

Pasado este momento de trago amargo, solo aspiro a que terminada  mi existencia tenga un escueto y frio epitafio que diga, como cantara el poeta Amado Nervo: “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”

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Por las reflexiones de este día, y para aquellos que no han tenido el placer de disfrutarlo nunca, les quiero reproducir, entero,  el bello poema de Amado Nervo:

EN PAZ.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, / porque nunca me diste ni esperanza fallida, / ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino / que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

Que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: /cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: / ¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas; / mas no me prometiste tan sólo noches buenas; / y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!