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Editorial: LA POBREZA INVISIBLE…

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

1972338_10205974735908905_5435813286741860605_n(1)Los resultados del gran comportamiento en desarrollo y crecimiento que presenta mes a mes el departamento de Santander y la ciudad de Bucaramanga, incluso resaltado en los grandes medios de comunicación internacionales, me producen sentimientos encontrados. Porque si bien es cierto es enaltecedor que nuestros niveles de productividad y aceptación nacional e internacional crezcan permanentemente, también lo es que detrás de las frías cifras de los economistas se esconden terribles dramas humanos que no siempre, ni la prensa, ni los analistas, ni los informes financieros logran aprehender.

Es un hecho aceptado en el mundo del análisis financiero mundial que algo más del 90% de los buenos resultados en las balanzas comerciales de la empresa privada y de la pública se queda en manos de los grandes capitalistas, los dueños del dinero, y que solo un apretado 10% realmente beneficia a la clase trabajadora y desprotegida. Si bien es cierto el empleo aumenta, las condiciones laborales de los requeridos por en auge productivo no es precisamente el mejor, y con los salarios se juega inmisericordemente en el mercado real del empleo, por encima de todo lo que la literatura oficial quiera decir sobre mínimos y garantías laborales.

Ahora, y más allá de las supuestas recriminaciones y sanciones del estado, las denominadas cooperativas asociadas de trabajo se han convertido en la versión moderna del tirano que con látigo obligaba a trabajar día y noche a los esclavos, y aunque formalmente los empleadores reconocen el salario mínimo a sus subalternos, la verdad es que por medio del procedimiento tortuoso de descuentos por derecho de afiliación a tan monumentales negocios, descuentos por dotación para el trabajo, descuentos por tener un o una jefe simpática, descuentos y más descuentos, una muy buena parte de ese salario se lo guardan los administradores de las tales cooperativas, de cuyos propietarios no siempre hay una información pública disponible adecuadamente.

¿Es muy buena vida la de los cientos y tal vez miles de vendedores ambulantes que tienen que sufrir el drama diario de estar corriendo casi todo el día para escapar de la acción de las autoridades que, por supuesto, están cumpliendo con una función legal? ¿Cuento de ese crecimiento en la eficiencia productiva del departamento llega a los barrios populares, donde muchachos sin orientación, ni escuelas o colegios, o centros deportivos, se dedican al vicio y la conformación de pandillas que siembran de terror la convivencia de esas zonas?   Pero ojo, no estoy diciendo que todo esto sea la culpa de tal o cual gobernante. Si se analiza desprevenidamente, es un fenómeno mundial que indudablemente hace parte de la falla estructural del modelo capitalista de producción y vivencia, que todavía no alcanza a asumir todas las limitaciones de las sociedades modernas. Lo que no quiere decir que estemos anhelando esquemas supuestamente socialistas – ¡que la vida nos proteja de semejantes engendros! – que pretendiendo corregir las fallas de un sistema, convierten a las sociedades y los hombres sometidos a su dictadura en un verdadero infierno.

Pero otro dolorcito de cabeza que tanta publicidad favorable nos trae a departamentos como Santander y a ciudades como Bucaramanga, es que desde otras partes del país muchas gentes cautivadas por los supuestos ríos de miel y leche que aquí corren se vienen a nuestro suelo, incrementando la oferta de mano de obra, el asentamiento en urbanizaciones subnormales y los problemas sociales para los que el estamento oficial no está preparados financieramente. Entre otras muchas cosas porque si algo falta siempre en el sistema capitalista para resolver los problemas de las sociedades sometidas a su régimen, es dinero y más dinero para atender “chicharrones”. De hecho la disparada de los índices de inseguridad entre nosotros tiene mucho que ver con esa migración de la periferia hacia nuestro departamento y ciudad, copando, así literalmente, la capacidad de los organismos de seguridad nuestra.

Son pues los gajes del crecimiento aquí y en cualquier parte del mundo, y aunque a muchos nos fastidia el asistencialismo como una manera de asumir las gestiones gubernamentales nacionales, departamentales y municipales, no se puede negar que estas acciones resultan casi que imprescindibles para tratar tantas dificultas que el crecimiento de los índices económicos causa en la periferia. Cuando diéramos porque los cuentos de los crédulos fueran ciertos para aspirar a un más allá dentro de una sociedad paradisiaca sin dolores y problemas. Pero como creemos en esas pendejadas, nos toca vivir los dolores del crecimiento en este mundo de tres dimensiones en donde no siempre dos más dos es cuatro.