Editorial

Editorial: LOS SANTANDEREANOS, TERCEROS AGRESORES EN COLOMBIA.

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Por Wilfredo Sierra Moreno.  

wilfredo sierra 2Ciertamente no es para nada honroso ocupar uno de los primeros puestos –exactamente el tercero- en el nivel de agresores familiares en todo el país, y esto a pesar de las persistentes campañas, que nos consta, se han hecho desde las diferentes esferas oficiales para, de alguna forma, tratar de frenar la brutalidad primaria de mucho barón que suele sentirse un campeón mundial de boxeo, pero con los más indefensos, su mujer y sus hijos.

Desafortunadamente buena parte de los detentadores del poder en nuestro departamento se suelen poner muy dignos cuando uno habla del machismo que caracteriza a los nativos de estas breñas, y no puedo olvidar la expresión agresiva de un supuestamente muy culto exponente de los hombres de Zapatoca, que me invito a irme de Santander porque hable en algún recinto de este tema. Por supuesto el hombrecito es uno de esos clásicos Juan Tenorios que cree que la única razón de ser de la mujer es la de  objeto sexual de “hombres muy machos” como él, que presume del derecho de llevarse en los chachos a cuanta dama se encuentre por delante.

Tristemente tratar de hablar entre nosotros de las raíces agresivas y déspotas de muchos de nuestros más claros ejemplares de la santadereanidad es casi que imposible, porque indefectible sale la muletilla hipócrita de que es mejor hablar de las cosas buenas de nuestro entorno y no de hacernos mala publicidad. Lo que no tiene en cuenta esa diplomacia de pacotilla es que ese silencio cómplice es el culpable de muchas de las más tristes muertes de nuestras muy aguerridas mujeres y de la destrucción de la psiquis y la emocionalidad de unos niños y unos muchachos que quedan marcados para siempre por la patanería y el maltrato de supuestos padres muy machos.

Hacer todo un discurso sobre la necesidad de replantear la formación y la orientación de nuestra juventud pero sin ir a las raíces desequilibrantes de quienes muy horondamente se precian de padres, no es más que un soquete ejercicio estéril que no soluciona, en la práctica, nada. Desafortunadamente frente a la lucha valerosa de muchas mujeres de nuestra raza por reivindicar su papel en la sociedad y el de sus hijos, uno encuentra a mucho funcionario ladino que deja salir una risa irónica como queriendo decir, “quien dijo que esto va a cambiar”.

Cuando una entra en el análisis de estos temas tan delicados, no puede olvidar que esta tendencia déspota del carácter de los machos de estos lares –y de algunas mujeres que son tan machistas como los barones- que es esa una forma de ser centenaria, ancestral, que tiene posiblemente su raíz genética en la raíces guerreras de los indígenas de los cuales provenimos. Pero cuando uno quiere encontrar la cepa de esa actitud intimidatoria que se materializa en grescas los fines de semana en las tiendas y cantinas de nuestro entorno –que no solo suman contusos y heridos sino también muertos- tiene que ver en ese despelote de la primera infancia una marca de propicia la intolerancia y la agresividad al por mayor. De todas formas en estas materias no progresamos mucho y habría que buscar nuevas alternativas de corrección diferentes a bonitos avisos de publicidad que, en la práctica, no dan ningún resultado.