Editorial

Editorial: SANTOS Y ZULUAGA

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo-sierra-212-100x100En el análisis de los resultados de las elecciones de ayer domingo lo primero que habría que decir es que el gran ganador fue el abstencionismo, que con un guarismo histórico de casi un 60%, batió un record que, posiblemente, fue una forma de protestar contra la guerra sucia que caracterizó los últimos días de la primera vuelta presidencial, aunque por supuesto es una forma de protesta muy inane, que realmente no  es la mejor forma de expresar la indiferencia y el desprecio que amplios sectores del país sienten por la política. Aunque sorprendieron los resultados obtenidos por las dos mujeres en la contienda, Martha Lucia Ramírez y Clara López, el paso de una de ellas a la segunda vuelta habría sido uno forma más efectiva de mostrar el rechazo a la politiquería.

Pero igualmente hay que decir que sorprende la victoria de Oscar Iván Zuluaga porque, por encima del peso de la maquinaria estatal, que realmente da grandes ventajas en este tipo de pujas,  la alternativa del uribismo mereció el respaldo mayoritario de las  minorías que votan en este país,  en un resultado que de verdad no debe tener para nada contentos al cuerpo directivo de la campaña del candidato Presidente.  Desafortunadamente Juan Manuel Santos carga con el fardo de la inquina –casi odio- que buena parte de las gentes de esta nación le tiene a las guerrillas, y aunque las promesas de los ríos de miel y leche que correrán por el país cuando el acuerdo de paz se firme puede sonar muy bonito, la verde es que amplios sectores de la opinión pública colombiana no se tragan ni ese cuento ni los zapos que dicen hay que digerir para llegar a la nueva tierra prometida.

Digamos que la teoría de la paz tiene un componente de racionalidad elaborada que merece la aceptación de unos círculos intelectuales y cultos que no son tampoco la gran mayoría nacional, mientras que la invocación visceral a no entregarle nada a la guerrilla y, antes bien invocar las armas como una forma de imponer la institucionalidad por encima de los insurgentes, que enarbolan Zuluaga y el expresidente Uribe, tiene más acogida en los círculos populares que responden muy bien a la instintividad primaria que a las especulaciones racionales.  Y aunque durante estas cortas horas después de concretados los resultados electorales he visto gritar a muchos de mis amigos indignados por la tendencia de las urnas,  no dejo de entender que el proceso electoral en este país es todo menos un ejercicio de alta filigrana de racionalidad, sobre todo cuando los caciques políticos han enseñado de las gentes a vender el voto al mejor postor.

Posiblemente a amplios núcleos de la opinión presumiblemente muy  bien informada de nuestros connacionales les toque vivir el drama tan típico de la clase medio, de pensar como los de arriba y tener que resignarse a vivir como los de abajo.  Pensar con el deseo, siempre lo he dicho, es el peor de todos los ejercicios posibles en la vida, y pretender todavía que somos la gran democracia del mundo, cuando traficamos con los votos como mercaderes de tercera categoría, es una gran insensatez conceptual que no tiene nada que ver con el pragmatismo necesario de un observador inteligente.

Lo que viene de aquí al día de la segunda vuelta no lo sabe realmente nadie y, a los teóricos de las virtudes democráticas excelsas, no se le debe dejar de recordar que para el día de la nueva elección ya estaremos disfrutando, en todo su esplendor, del mundial de futbol. Y no resulta muy previsible que buena parte de los pocos que salieron a votar ayer prefieran irse a la calle a votar, que quedarse viendo un banquete futbolero, de esos que solo se vive en los mundiales. Le teoría del buen y patriótico ciudadano dice que hay que cumplir con los sagrados deberes para con la sociedad y la patria, pero el 60% de los colombianos que se quedaron en la casa ayer, no creen en esos cuentos.  Esperemos a ver si en la próxima vuelta no es simplemente el 30 o el 25% el que decide quien será el próximo Presidente de los colombianos. De acuerdo, eso no debería ser así, pero pensar con el deseo en este país es una solemne pendejada…