Editorial

Editorial: SE ENSUCIO EL AGUA…

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo sierra 2De una campaña presidencial sosa, anodina, sin ideas realmente importantes, los colombianos nos hemos visto de improvisto asaltados por una serie de improperios y acusaciones de parte de los contrincantes Santos y Zuluaga, de una dimensiones que realmente desconciertan, no por los hechos en sí, sino porque demuestran que a falta de ideas y planteamientos, el insulto y la agresión –la campaña sucia- surge como arma de confrontación para destruir al contrincante. Y digo que no por los hechos en sí, porque en este país que los vividores se quieran quedar con un poco de plata de los narcotraficantes, con todo y lo peligroso que es,  no es nada nuevo.

En cuanto a lo de las chuzadas, ese es un cuento viejo. Desde los primeros años de nuestro ejercicio periodístico, hace ya muchos años, buena parte de los colegas sabíamos que el DAS de entonces nos tenía interceptados, y procurábamos no hablar cosas sobre todo privadas con nuestras amiguitas, porque de secretos de estado sabíamos bien poco por esas calendas. Desde esos añejos tiempos los sistemas de interceptación, con los adelantos tecnológicos, se han perfeccionado hasta el delirio, y hoy en día hacerlo es tan fácil como cualquiera de las más simples cosas de la vida. Tanto que en una época vendían instrumentos bien simples para hacerle escuchas a la mujer y las novias como cosa de chucherías…

¿Cuándo comenzó a ser “peligrosa” la interceptación de teléfonos e información electrónica? Cuando se utilizó no ya como una acción coherente del estado frente a los campechanos y contra la delincuencia y la subversión,  sino como un arma de guerra entre los poderosos del sistema.  ¿Por qué? Sencillamente porque en las peleas de comadres salen los trapitos al sol, y una burguesía que hasta determinado momento permaneció unida, ventilando internamente sus diferencia y disputas por sus particulares intereses, resolvió fraccionarse en la riña por el poder y sus goces, con la soberbia y la arrogancia de quien se cree, por derecho propio, único  dueño de ésta finca grande que se llama Colombia.

En el fondo de esta chichonera no hay ni ideología, ni grandeza de alma, ni preocupación por los destinos de los desvalidos y pobres, ni nada que se le parezca.  Es la lucha entre facciones de la aristocracia política que no se paran en mientes cuando de defender sus intereses particulares y egoístas se trata,, y que, como conoce muy bien la condición de su transitorio adversario de ahora, no tiene límites a la hora de arremeter, con las armas que sea, contra éste. Aplicando aquel precepto vulgar de que “en el amor, en la guerra y en la política, todo se vale”.

Que algunos supuestos comentaristas políticos digan que “ahora si la campaña se puso buena”, no es sino la expresión ramplona de esa cultura y esos medios de comunicación que de labios para afuera critica la vida de las mafias, pero que en el fondo las ama y las añora, tanto que la televisión nacional se ha convertido en un medio de mitificar y exaltar la vida de nuestros capos, bajo el disfraz hipócrita de querer hacer análisis histórico de nuestra violencia narcotraficante. Mentira. Tanto que mientras los sectores serios y responsables se indignan frente a esta pelea desmesurada entre poderosos, los medios de comunicación hacen fiesta y se deleitan echándole gasolina al incendio. Lo más irónico de todo es que muchos dicen que este país está en camino de la paz… Con ese cumulo de pirañas, pirañitas y pirañotas, la única paz cierta que se puede conseguir en esta nación es la de los sepulcros…