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Editorial: UN PAÍS POLÍTICO SIN PARTIDOS…

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo sierra mCada vez que se avecina una nueva jornada electoral en esta nación, ya sea para Presidente de la República, Representantes, Senadores, Gobernadores o Alcaldes, se vuelve a presentar en el marco de las mal llamadas colectividades partidistas nuestras el triste espectáculo de la lucha por los avales y las representaciones oficiales de esas seudo colectividades, que muestra hasta donde la nuestra sigue siendo, en todo su rigor, una sociedad tropical y macondiana, en la que improvisar y chambonear son actitudes que se practican en todo su esplendor sin el más mínimo rubor.

Pero claro, partidos políticos serios realmente organizados no existe entre nosotros, y luego del descuadernamiento de los viejo y cansados liberal y conservador, lo que se han ido formando son agrupaciones de intereses particulares que, al calor de reformas improvisadas en el parlamento por las mismas montoneras que se quieren quedar con el poder burocrático del estado, hacen todo tipo de trucos para ganar con cara y que los otros pierdan con sello. ¿Ideologías? ¿Cuáles? Al calor del caudillismo desvergonzado que se fue formando en torno a uno o dos dueños de la maquinaria oficial colombiana, Uribe y Santos, lo que se hace es montoneras de intereses personales que se pegan, mal que bien, de los faldones de “los duros”, para perpetuar sus migajas de domino regional o local.

Eso trasladado al nivel departamental y municipal, es la expresión de la rapiña de los tradicionales caciques que, a dentelladas, cuando llega la hora de la lucha por los factores de poder micro, tratan de defender sus particulares y egoístas intereses.  Realidad triste que contrasta con la supuesta condición de gran país político de una nación que tiene mucho eufemismos narcisistas para referirse a sí mismo y tratar de ser “más democrático” que sus vecinos de barrio latinoamericano. La supuesta Atenas Latinoamericano no es más que un eslogan mentiroso desde cuando políticos tan reaccionarios como Laureano Gómez, o elites tan cerradas como los López, los Lleras o los Turbay, eran los dueños predestinados de sus feudos electorales respectivos.

Desde siempre nuestros prohombres se han montado en la administración de la nación y el manejo de su presupuesto con discursos demagógicos que nunca cumplieron desde el gobierno, y todas las reformas formales que últimamente se han introducido en el régimen legal en cuanto a la presentación de un plan de gobierno y su supuesta necesidad de cumplirlo desde la administración, no es más que una de las tantas fachadas de apariencia que intenta hacer trasparente lo que no lo es por ningún lado. Ahora, si bien es cierto un alcalde o un gobernador llega al poder en nombre de un partido político cualquiera, la verdad es que no existe ningún mecanismo que haga una vez electos estos señores, que ellos respondan a los dictados de su colectividad, y en la práctica el partido ganador pierde a un amigo y también el poder. Porque los nuevos gobernantes terminan convertidos en últimas en reyezuelos que solo responden en la administración pública a sus propios y ególatras intereses. La razón de la frialdad de un buen numero Representantes y Senadores frente a ciertas campañas municipales, está en que la experiencia les ha enseñado que las energías y la plata invertida en esas campañas es cosa que se lleva el viento.

Que esto pueda cambian hacia el futuro es cosa que solo puede ser convicción de los excesivamente creyentes, aquellos que suelen suponer que con oraciones y buenas intenciones lo por venir puede ser mejor. Mientras tanto el gran negocio de las grandilocuentes colectividades partidistas existentes legalmente está en manipular con los avales, el pasaporte legal de los políticos para poder acceder al poder. Ni que decir que el aval no se otorga por largos estudios de la capacidad y la lealtad real del candidato a los intereses y la ideología del partido, sino por simple y llano interés.  Y es que en esta país de políticos, los partidos son nada más un remedo de organizaciones serias, en las que dicho sea de paso, sus bases, los electores, el eufemístico pueblo, no cuenta para un carajo. El papel del militante raso es vota, y punto.