Editorial

EL DIA DE LA RAZA… ¿CUÁL RAZA?

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Por Wilfredo Sierra Moreno.

img_20160507_161718Los eufemismos no dejan de ser una constate cruda y dolorosa en una sociedad hipócrita por naturaleza, que no es capaz de llamar las cosas por su nombre y prefiere, para guardar las apariencias, cubrir los tramos amargos de un hombre, una sociedad o un pueblo, con pañuelitos de colores que arropan la gran tronera que hay la pared de nuestra sociedad. Esta que acabamos de pasar, que para peor de males ya no se celebra el día en que arbitrariamente el siglo pasado se dio por inventarla, sino que se acomodó a uno de los clásicos lunes Emiliano, no tiene ni razón ni sentido de ser.

Empezando porque la denominación fue creada por el ex ministro español Faustino Rodríguez-San Pedro, como Presidente de la Unión Ibero-Americana, que en el año de 1913 pensó en una celebración “que uniese a España e Iberoamérica”, eligiendo para ello el día 12 de octubre. En 1914 se celebra el 12 de octubre por primera vez como “fiesta” de la Raza y en  1915 pasa a llamarse Día de la Raza. El invento, es una de esas clásicas salidas simplonas de las diplomacias almidonadas, que trata de zanjar de la manera más burocrática y vulgar posible, lo que fue uno de los peores genocidios que nación alguna haya  soportado en su existencia. Pero sirve también de excusa a esos nacionales arribistas que con pretensiones elitistas bien ridículas, que intentan descender por línea directa de una supuesta “sangre azul española”.

¿Sangre azul española? Si a las crónicas antiguas se les pueden creer algo, resulta que los que embarcaron en las tres carabelas los astutos Reyes de España fue toda la escoria de ese pueblo que tenía en sus cárceles: asesinos, atracadores, prostitutas, violadores, etc., etc. Y esto en razón a que los tales Reyes no creían mucho en la historia de don Cristóbal o Cristobulo Colon –a lo mejor no se llamaba de ninguna de las dos formas- y vieron en la posibilidad de que las embarcaciones naufragaran a mar abierto, una forma de librarse de lo peor de su gente, es decir, las sabandijas de la sociedad española de ese entonces. (No crean que por titularlos Reyes Católicos como nos ensañaron en la escuela, es que fueran de muy buenos sentimiento).

Claro, con el tiempo los conquistadores gobernando por mano ajena, o sea los sátrapas arribistas hijos de aquellos astutos egoístas que en el momento de la supuesta libertad gritaban a cuello herido ¡Viva el Rey y abajo el mal gobierno”,  fueron adornando la píldora de tal forma que del genocidio y exterminio de miles y miles de aborígenes no se hablara francamente. Porque duélale lo que le duela a la rancia oligarquía criolla, nuestra raza autentica era la indígena, con su cultura y creencias, a la que los conquistadores, con la bendición de  un par de curas cretinos que los acompañaban, exterminaron de la manera más miserable posible.

Ese “¡Viva el Rey y bajo el mal gobierno!”, es muy diciente, porque demuestra como los “chapetones” en el fondo no querían librarse del yugo español, sino administrar ellos mismos el poder colonial, con todas las ventajas económicas que de eso se desprendía en beneficio de la nueva y muy mezclada sangre que surgió de la agresión sexual de los invasores fue creando. Una nueva genética, “de cuyo origen no quiero acordarme”, dirían en voz baja nuestra nueva y primaria oligarquía criolla.

Y la pregunta sigue en pie, ¿de cuál raza pura y real podemos celebrar un día? Por supuesto la creación en el recientísimo año de 1913 del ex ministro español Faustino Rodríguez del tal día de la raza lo que buscaba era borrar cualquier vestigio cierto y comprobado de la bestialidad de cómo “los marraneros que mandamos a America” – como diría José Antonio Primo de Rivera de los conquistadores – trataron a nuestra aborígenes,  y obviar, claro,  el juicio histórico que sigue en pie contra todo lo que ahora llamamos ladinamente nuestra patria madre. Madre patria que hizo todo lo que le dio la regalada gana contra nuestra raza autentica, real y efectiva.

Por desgracia aun en estas épocas todavía perviven “chapetones” de espíritu, que en esa cofradía de presuntuosos que son las Academias de Historia Nacionales, intentan descender y tener un apellido que viene de marqueses y príncipes españoles. ¡Lo que puede la estupidez humana! Mientras tanto lo que queda de nuestras verdaderas razas autóctonas – en la Sierra Nevada, por los lados de Popayán  y en otras regiones del país – son perseguidos y despojados de sus tierras no solo por los hijos de los hijos de los hijos de los hipócritas chapetones de entonces, sino por una guerrilla que cínicamente habla de defender los intereses del pueblo pero que no ha hecho sino despojar a nuestros aborígenes de los que les pertenece. ¡Vaya si se puede ser tan ladino en esta vida! (Y que “vaya” tan español, de quienes seguimos llevando las consecuencias de la conquistas de otros tiempos… Aunque el español sea una de las cosas más hermosas de la que nosotros nos podamos sentir herederos)