Editorial

EL PLAN DE DESARROLLO DE BUCARAMANGA.

Por Wilfredo Sierra Moreno.

Tengo que decir que, en una primera lectura, el plan de desarrollo de la ciudad de Bucaramanga propuesto por el ingeniero Rodolfo Hernández me gusta, porque entre otras muchas cosas, después de muchos años de apostarle a las macro obras, que indudablemente han proyectado de una manera importante en el contexto nacional e internacional a nuestra ciudad, la estrategia de la nueva administración mira hacia los barrios marginados y empobrecidos, que acumulan lentamente, ante la ausencia de visibilidad en los medios de comunicación, dificultades tras dificultades en sus vidas diarias.

Pero aunque parques y centros recreativos en sectores como el norte de Bucaramanga,  o Morrorico, o la zona de influencia del Barrio Cristales por los lados de Provenza, son de una importancia suma que nadie podría desconocer, a mi hace mucho rato me viene ardiendo el interior por la suerte humana y social de una muchachada que ante la ausencia real de la esfera estatal para atender a sus necesidades prioritarias como seres humanos, se han entregado al liderazgo de los jibaros y los jefes de pandillas juveniles que los llevan directo a la destrucción de sus vidas.

El problema no es de menor calado y, por supuesto, no caben estas consideraciones  en el estrecho marco de los documentos oficiales, porque responden a unos factores culturales profundos que requerirían de muchos años continuos de trabajo serio por parte de todos los estamentos de la ciudad –no solo la oficial-, si es que queremos rescatar la vida de unos muchachos que, en consideración de sociólogos, no tienen futuro.

En primer lugar esos muchachos son el fruto de unas familias disfuncionales, la mayoría de los casos hijos de madres cabeza de familia, o de esa forma de hogares modernos en donde cada seis meses o un año los padres –si es que así se les puede llamar- cambian de pareja sentimental, propiciando un despelote emocional en estos adolescentes que nada bueno puede propiciar en sus sentimientos. Sin una disciplina formativa equilibrada, con las agresiones y violencias que son tan comunes en estos núcleos sociales, la deserción escolar es una epidemia que hace que, tristemente, no lleguen a la edad requerida para trabajar con unas bases mínimas para enganchar medianamente en el mercado laboral.

A esto, los peligrosamente disparados embarazos adolescentes son un hecho que, por sí mismo, reduce sustancialmente el desarrollo de estos muchachos y muchachas hacia una vida normal y de éxito en el inmediato futuro, y la angustia producida por estos fenómenos no hace sino, desgraciadamente, propiciar más rápidamente el camino hacia las drogas y la delincuencia. ¿Parques y avenidas bonitas para que sirven cuando hay angustia en el corazón y la droga enloquece aún más la mente de verdaderos niños que casi sin darse cuenta terminaron convertidos en padres de familia y llenos de retos insospechados?

No estoy diciendo que esta estrategia no sea importante, aclaro, y antes bien me parece que la preocupación por las vías públicas y las áreas de esparcimiento para barrios de estratos inferiores  es una empresa de importancia suma. Pero llamo la atención en que hay que agregar, de alguna forma, un componente sociológico que llegue a la almendra de la tragedia de una muchachada que no podemos ver indiferentemente morir por montones en el mundo de las pandillas o metidos en unas cárceles infernales por hechos como el micro tráfico y el consumo de droga.

Pero además, ahora que con tanto facilismo hablamos de la legalización de las drogas, ¿alguien ha pensado en tratar a estos jóvenes-niños adictos como a enfermos, buscando unos mecanismos hábiles para que estos salgan del vicio y el micro mercadeo?  Y los interrogantes de esta tipo se multiplicarían interminablemente, porque hablar y analizar en serio las dificultades económicas, sociales y emocionales de las gentes pobres de nuestro entorno, es un ejercicio que no deja de producir verdaderos dolores de cabeza.

Pero bueno, ya por lo menos estamos empezando a mirar hacia las gentes del pueblo, ese pueblo que con tanta facilidad invocan los demagogos de oficio, pero que solo les sirve para ganar votos y llegar a los cargos de elección popular para, luego, olvidarse de todas las promesas mentirosas que hicieron. Al parecer Rodolfo Hernández está tratando de corregir esas malas costumbres, y ojala la cuerda le dé para aguantar el trote. Porque el camino es largo y culebrero y los enemigos de la suerte de los más necesitados son legión, como dicen los ingenuos creyentes que son los demonios detrás del gran cachón mayor. Por fortuna el Alcalde es creyente y puede hacer invocaciones al cielo. Yo que soy menos religioso solo aspiro a que el sentido común reine entre nuestros dirigentes  municipales. Aunque por ahí dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos.