Editorial

¿ÉSTA REALMENTE EL ÁREA METROPOLITANA DE BUCARAMANGA PREPARADA PARA UN TERREMOTO?

Publicidad

Por Wilfredo Sierra Moreno.

wilfredo-sierra-m6Cada vez que hay una tragedia producida por un movimiento telúrico como el de ahora en el de Ecuador, yo, que he tenido la desgracia de vivir los grandes terremotos en el eje cafetero – el de Armenia y el de Pereira – entro en una especie de pánico recordatorio que me renueva la experiencia de lo duro que es vivir esos fenómenos en persona, frente a las reacciones, de solidaridad o conmiseración, ante las imágenes de televisión o prensa, de este tipo de tragedias.

He inmediatamente surge en mi cerebro la pregunta obsesiva que hace muchos años mantengo desde que hice conciencia de sobre el tipo de suelo en que vivimos en Bucaramanga y su área metropolitana: ¿si estamos realmente conscientes sobre que superficie pisamos todos los días en esa zona específica de Santander? Pero sobre todo: ¿sí estamos adecuada y técnicamente preparados para la alta probabilidad científica, dadas las condiciones de nuestro territorio, de un devastador terremoto en la ciudad de Bucaramanga?

Y este no es un problema que se resuelva solo con fe o con la clásica frese “que Dios nos proteja”. Aquí hay elementos concretos como para haber estado desde hace mucho tiempo realmente bien preparados frente a esta eventualidad, sobre todo entendiendo que tres fallas sísmicas muy protuberantes afectan a Bucaramanga y su área metropolitana: las de Santa Marta, Río Suárez y Bucaramanga. La nada envidiable cercanía con el nido sísmico de La Mesa de Los Santos, más las dificultades de erosión y problemas ambientales que propician deslizamientos  que, no nos digamos mentiras, no han sido enfrentados con el rigor técnico que fuera de desear.

A los habitantes de esta parte del país nos pasa como le suele suceder a casi todos los mortales del planeta, y es el creer que las desgracias solo les pasa a los demás y no precisamente a nosotros. Y vivimos felices y campantes sobre un verdadero polvorín, sin que con un poco de sentido común nos demos por aludidos. Vegetando con la gran bonanza explosiva de la construcción y el desarrollo desbordado de nuestra ciudad capital y sus vecinos, sin por un segundo detenernos a interrogarnos, por curiosidad, sin las tantas toneladas de cementos y ladrillo sobre nuestro suelo tiene algún efecto cierto sobre la meseta ante la inminencia de un desplazamiento de grandes magnitudes en las fallas tectónicas que nos circundan.

Dos elementos básicos necesita cualquier ciudad del mundo frente a un cataclismo de grandes proporciones: una posibilidad muy rápida de desplazamiento de gran cantidad de heridos, y un nivel de asistencia medica suficiente y bien preparada para atender a estos. Con ninguna de las dos condiciones contamos en el área metropolitana. Y digan lo que quieran los expertos de papel sobre la materia, ni el puente de la 9ª, ni los pasos elevados o subterráneos en la Quebrada Seca con 15, o el del Mesón de los Búcaros, y aun el tercer carril hasta Piedecuesta o San Gil, harán que el tráfico en nuestra zona metropolitana deje de ser un desastre, entre otras muchas cosas porque el número de carros nuevos que entran en circulación diariamente superan las expectativas del más imaginativo de los mortales para contener, con un buen nivel de movilidad, a tanto carro.

Según datos del 2014, propiciados por estudios de  Fenalco y la Andi, cada día ingresaban 33 carros nuevos al Área Metropolitana, lo que actualizado conservadoramente a hoy daría 50 vehículos día,  que suman 1500 al mes y 18.000 al año. Cifra para la que no construye vías en ninguna ciudad del mundo ni Mandrake. Y para no alargar esta nota, ni hablar del tema de salud. Sin ninguna tragedia de por medio los sistemas de urgencia del Hospital Universitario y de las Clínicas de la ciudad viven congestionadas. ¿Luego quién iría a atender a los hipotéticos cientos de miles de heridos y traumatizados de una posible terremoto?  Sin referirme a las ambulancias, que demoran hasta 3 y 4 horas para recoger un herido en un día normal de nuestra ciudad.

Pero en esto no se piensa entre nuestros técnicos y brillantes mentes de la ciudad, porque eso que la administración moderna llama prospectiva, no existe entre nosotros. Y toda la planeación ante eventualidades se reduce a lo que decía mi abuela: si las desgracias llegan, que Dios nos coja persignados.