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GAITÁN, UN SUEÑO INSEPULTO

Por: Capitán (re) César Castaño

El 7 de febrero de 1948, una marcha silenciosa, encabezada por el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, protestó contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez. Ante una multitud de más de cien mil personas, que colmaban la Plaza de Bolívar y sus alrededores, el caudillo concluyó así su famosa Oración por la paz: “Os decimos finalmente, excelentísimo señor: bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio. ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan, tras la bondad de las palabras, la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!”.

El discurso de Gaitán iba más allá de un alegato populista. Las élites conocían la fuerza de un verbo que amenazaba con socavar las estructuras tradicionales del poder político. Su elocuencia tribunicia, su carisma y la cercanía a los votantes alentaban, como ninguno, las energías populares. Para muchos políticos conservadores, el gaitanismo representaba un peligro para la patria, pues, según ellos, se había convertido en la causa de una peligrosa enfermedad que sufría la sociedad colombiana. En 1947, un comentarista del periódico El Siglo, fundado por Laureano Gómez, aludía a que el “estado de tan grave anomalía […] no puede ser resuelto con los sistemas y los recursos ordinarios”. Además, abogaba por “el firme ataque para eliminar las causas que provocaban ese malestar”.

El 9 de abril de 1948, pasada la una de la tarde, Gaitán salió confiadamente de su oficina, debido a que, según decía, “[…] no había oligarca que asumiera el riesgo ni se hallaría hombre del pueblo capaz de matarlo”. Lo acompañaban cuatro amigos (entre ellos, Plinio Mendoza Neira), con la intención de celebrar la absolución (proferida unas horas antes) del teniente Jesús María Cortés Poveda, su defendido, quien, diez años atrás, alegando legítima defensa del honor, había ultimado de dos disparos al periodista Eudoro Galarza Ossa en Manizales. Aquel juicio se convirtió en un acontecimiento de gran trascendencia, al punto que las audiencias eran transmitidas por radio y seguidas con atención especialmente en los cuarteles.

Apenas alcanzó la calle, Gaitán, quien iba tomado del brazo por Mendoza, fue herido de muerte y falleció minutos después en la Clínica Central. Un policía que estaba presente en el quirófano, dotado de una corneta como única arma, se abrió paso entre la multitud para ejecutar el toque fúnebre que anunció la muerte del caudillo. La noticia corrió como pólvora, el país estalló en llamas y las multitudes iracundas se volvieron turbas sin control.

A diferencia de posteriores magnicidios, en los que se descubrieron los autores intelectuales, en el caso de Gaitán aún perdura un misterio que inspira todo tipo de especulaciones. Una versión, poco conocida, devela una trama compleja que incluye actividades de espionaje y sabotaje, las cuales apuntan al entonces ministro del Interior de Hungría: László Rajk. Este personaje, antiguo miembro del Komintern (Comintern, en inglés), supuesto responsable ante el Kremlin de la organización del comunismo en Latinoamérica, fue acusado por el espía yugoslavo Mizo Rujitch de haber planeado, desde agosto de 1947 en Budapest, el asesinato del líder liberal.

Por su parte, Gloria Gaitán, hija del líder inmolado, señaló a la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y al coronel Virgilio Barco Vanegas, director de la Policía Nacional, como partícipes de un complot para asesinar a su progenitor; adicionalmente, acusó a Mendoza Neira, padre del escritor y periodista Plinio Apuleyo Mendoza, como el traidor que sirvió de señuelo para su asesinato. Este, a su vez, como testigo más cercano del crimen que segó la vida de Gaitán, se refirió a la presencia en el lugar de los hechos de un detective identificado como Pablo Emilio Potes quien sería pieza clave del crimen.

Entre tanto, la agencia inglesa Scotland Yard concluyó que Roa Sierra obró solo. La viuda de Gaitán, Amparo Jaramillo, en entrevista publicada en El Tiempo, el 9 de abril de 1973, afirmó: “[…] No fue el pueblo, no fue Juan Roa Sierra quien lo asesinó, sino un tipo que estaba divinamente vestido (sic) frente a la oficina”. La autoría del crimen quedó en el misterio, como reflejo del mal que ha aquejado históricamente a la nación: hechos investigados exhaustivamente, pero resueltos pobremente.

¿Quién mató a Gaitán? Desde hace 73 años, cada 9 de abril ronda la misma pregunta. “No lo mató nadie. Gaitán murió ahogado, pues no había mesera bogotana que no le hubiera dado un vasito de agua en la agonía”, comentaba con humor negro el periodista Iáder Giraldo. Lo único cierto es que, aquel día, el odio fue protagonista, pero no se redujo al minuto que se dice ‘cambió la historia del país’. El tictac de la violencia continuó su marcha inexorable; no obstante, a pesar de estar curtidos por tantas decepciones, guardamos la esperanza de atenuarlo y transformarlo para convivir en paz.

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