Editorial

“LOS DE ARRIBA” Y “LOS DE ABAJO”: LAS IMPRECISAS ACEPCIONES DE CULTURA

natalia“Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser yo sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser tú sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú.” Subcomandante Insurgente Marcos

Por: Natalia Estefanía Lizarazo Farfán

Cuentan los sabios más viejos entre los viejos, los que conocen las historias de los que nacieron el mundo, que hay un ligero espacio en el que la oscuridad y la luz se encuentran y apenas si se tocan por un instante, instante que supone a ambos desnudarse de su rigor de cuartel y su miedo casi quebrantable, para permitirse coexistir por un rato. Los ancianos sabios dicen que a aquel momento que destruye al oxí-moron y posterga la vida y la muerte, se le conoce como madrugada.

Y cuentan también, que en aquel diminuto momento dejan de existir los muros y los abismos para que el otro diferente pueda surgir sin que las identidades se vean afectadas. Así como en todas las historias, su veracidad será cuestionada y habrá quienes quieran clasificarla en el tambaleante y osco criterio de “falso” y “verdadero”; para mi suerte, a la cuestión que da vida al presente texto, no le importa ni lo uno ni lo otro.

Desde hace un tiempo, he querido pensar en la luz y la oscuridad como el símil perfecto para periodismo y cultura respectivamente, no precisamente porque su significado o connotación se le asemejen, sino porque así como los sabios más viejos entre los viejos aseguran, milita un ligero punto donde convergen, donde las barreras que histórica y erróneamente se han trazado entre ambos, dejan de existir momentáneamente. Pero entonces surgen las dudas y los inevitables cuestionamientos sobre tan mínimo punto de confluencia, los por qué, acompañados de infinidad de cómo, y más importante aún; -desde- cuándo.

¿Por qué a la cultura se le ha destinado el tenebroso papel de pertenecer más a “los de arriba” que a “los de abajo”? ¿Quién lo ha permitido? ¿Es posible culpar al periodismo? Pero si auténticamente la cultura es un elemento inherente al ser humano, que en sí misma define las formas de comprender a sociedades enteras, ¿desde cuándo se creó semejante brecha? Ya lo dijo Alessandro Baricco; los saqueos de “los de arriba” (casi siempre autoproclamándose en tremenda posición), de las costumbres más legítimas de -los que esos mismos de arriba decidieron denominar a- “los de abajo”, y sus invasivas costumbres que distan tanto de las nuestras, han sido factor determinante para crear la gran escisión entre cultura/igualdad (o “de todos”), pues ello supone un cambio innecesario en las costumbres y una imposición absurda de prácticas que ni siquiera son tan prácticas.

Así las costumbres empiezan a danzar el baile absurdo de la separación de lo que se conoce como cultura, y la cultura se abre paso en sus andanzas por una escurridiza conceptualización que la clasifica (gracias a “los de arriba” y sus lógicas capitalistas) y la envasa (léase también enlata, encuaderna y similares), le pinta un –no muy estéticocódigo de barras, y le impone un precio, que por cierto dista abismalmente de la connotación de “valor”, para así distribuirla de acuerdo a los criterios del mercado. Y entonces esa sombría e inclaudicable máquina de destrucción masiva llamada “capitalismo”, decide denominar “arte” a todo aquello que se produce en grandes y exclusivas galerías, en talleres amplios con capital humano altamente calificado, y define “artesanía” como lo que se produce en los pueblos y en calles que pareciesen clandestinas, y por si fuera poco, hace llamar “cultos” a quienes acceden a su definición de “arte” e “incultos” a los que no.

Lo advirtió Mario Vargas Llosa, cuando expresó en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, su temor al considerar el oficio de escribir como un “lujo solipsista”, pues había nacido y crecido en un país donde “la cultura era un privilegio de pocos”, haciendo cada vez más visible el símil que propuse con la oscuridad que reflejaron los sabios más viejos entre los viejos. Curiosamente, estos individuos “de arriba”, los que se pueden costear sus propias definiciones de arte, no precisamente pretenden salvaguardar la cultura o aprender más de ella, pues en su más sentido – ilógicamente- mercantil, poseer arte es poseer bienes materiales que están al acecho del mercado para subir de precio a como dé lugar y ser intercambiados por otros que no pueden ser más que “de arriba”.

Por otro lado (aunque si se le mira cuidadosamente, no es otro lado, sólo una pequeña ramificación del mismo), el periodismo, que ha sido determinante en este asunto de la cultura y sus deficiencias, no ha concebido un ambiente alentador al respecto, pues ha caído en la misma trampa del mercado que bien ha sabido disfrazar el capitalismo: empobrecer la cultura y reducirla a una desatinada asociación riqueza-arte, haciéndole creer a las audiencias, primero; que la riqueza (entendida como dinero) permite “costear” el arte, y segundo; banalizar las formas de cultura a simples elementos pertenecientes al espectáculo. Gabriel Zaid lo expresa: “[En la prensa] aparecieron el amarillismo, las fotos y los textos para el lector que tiene capacidad de compra, pero lee poco (…), la cultura, que dio origen al periodismo, vuelve al periodismo por la puerta de atrás: como fuente de noticias de interés secundario, del mismo tipo que los espectáculos, bodas, viajes, salud, gastronomía.”

El oficio del periodismo, con su arma letal de lo “masivo”, es capaz de hacerse saber tanto por “los de arriba” como por “los de abajo”, pero sólo se ha (des)preocupado, por ampliar la brecha entre ambos, distorsionando el concepto de cultura a favor de la (i) lógica capitalista. Ya no hay –como bien lo dijo Zaid- amor por el oficio ni respeto a los lectores o a sí mismos, sólo un puñado de letras que hacen feliz a un editor, quien a su vez hace feliz a su jefe, jefe que seguramente hace aún más feliz a un pez mucho más grande, amigo íntimo del mercado.

Expresiones culturales y artísticas que han acompañado al hombre durante siglos (ejemplo de ello; la literatura) atraviesan por un estado crítico, en el que batallan para no morir humillados por la creciente “pseudo-cultura” impuesta por los bárbaros – como expresó Baricco- “de arriba” y tristemente avalada por los –aparentemente- ingenuos “de abajo”. Y es labor de quienes lo lamentamos tomar acción para detener tan atroz aniquilación, y ello se logra paso a paso, respetándonos más que como consumidores, como productores de cultura. Siendo necesario en este momento del texto buscar una forma de definir-comprender el periodismo cultural, me permito afirmar –a partir de las reflexiones anteriormente expuestas- que es posible considerarlo como un espacio de difusión, información y opinión donde convergen las máximas expresiones identitarias del individuo, que a su vez le abren camino dentro de una sociedad y le imprimen una riqueza simbólica trascendental, donde priman las sensibilidades, precisando, que así como la madrugada de nuestros queridos sabios ancianos, elimina muros y abismos, para que el otro diferente surja sin necesidad de convertirlo en un objeto puramente intercambiable, negociable, y acaso despreciable.