Editorial

LOS PUNTOS EXTREMOS DE UNA DISCUSIÓN…

Por Wilfredo Sierra Moreno. 

No se puede negar que la dimensión de las marchas que promovieron los cristianos de todas las denominaciones en el país esta semana pasada fueron impresionante, y que la nación no está frente a tres gatos en esta discusión, lo que como observadores objetivos tenemos que reconocer, así no compartamos para nada el sectarismo de las iglesias que lo impulsaron. Y otra cosa  interesantísima del hecho, la movilización fueron simultánea y masivas en varias ciudades del territorio colombiano, algo que ciertamente no veíamos en este país  que zonzamente – en otras materias- se somete a todo lo que desde los estamentos oficiales se le dictamina.

Pero primero permítase hacer algunas precisiones personales: soy librepensador, no religioso y poco amigo de las posturas dogmáticas que las sectas de creyentes  que en su actitud frente a los homosexuales – en todas sus tendencias – son extremadamente agresivos. Y que nos hace recordad –sin querer queriendo como diría El Chavo – las épocas tenebrosas de la mal llamada Santa Inquisición. Ahora bien, eso no quiere decir que varias cosas no estén por aclararse y debe hacerse a la menor brevedad. En primer lugar, y sobre todo, el tema de las cartillas orientadoras de la construcción de los nuevos manuales de convivencia, que aunque la Ministra juró  a pies puntillas que no existían, luego se supo que sí, por lo que está claro que la niña Parody juro en vano, cosa que no la deja bien parada frente a varios sectores de la opinión nacional. Con todo y que el Presidente de la República la haya respaldado, aun después de la visita inquisitorial de los obispos metiches a Juan Manuel Santos.

En lo que a mí respecta, y aunque  se estrellen contra el techo algunos amigos personales que se las dan de muy liberales en materias sexuales y de otra índoles, una cosa es que uno tenga una posición de aceptación y tolerancia frente a la comunidad LGTB, y muy otra el que esté de acuerdo con las sugerencias que algunos  sectores o personajes soltaron por ahí –otra vez como quien no quiere la cosa- como aquella de  que sería admisible que  los muchachitos de primario o bachillerato que se sientan mujeres vayan con el uniforme de las niñas a las aulas escolares, o que las niñas que se sientan machitos vayan en pinta de barones. Y peor aún, que en expresión de una supuesta política de tolerancia frente a la diversidad sexual, se les permita que parejas del mismo sexo se besen y expresen todo tipo de manifestaciones de afecto, sin ningún desparpajo, delante de todos los demás estudiantes de un plantel educativo. No sé, pero así me tilden de godo, a mi edad esas liberalidades en escuelas y colegios no me suenan de a mucho.

Mi abuela solía tener un dicho que al principio no entendíamos bien, y era el de “que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Lo que traducido a lenguaje popular es igual a no confundir Pepita Gómez con “gomitar” pepitas. Y en esto de la liberalidad que algunos tenemos frente a estos fenómenos sexuales que son muy antiguos pero que se dan ahora tan silvestres en la modernidad, tampoco podemos caer en el terreno del total rompimiento de límites en todos los órdenes,  para tratar de hacer de la vida actual en nuestra sociedades un desafuero aún más grande que el que ya tenemos, desprovisto  de cualquier criterio de ética y disciplina.

Y preciso que hablo de ética y no de moral, que es esto último otra cosa y sobre lo que no me quiero extender en consideraciones ahora, porque se sale de los propósitos de estas líneas. A mí me educaron con el criterio de que  las manifestaciones de la sexualidad o afecto, en todas sus dimensiones, son una cosa íntima y de privacidad. Por lo que yo no podría  entender que ahora pudiéramos llegar, en gracia de ser muy modernos, a admitir, que así sean parejas heterosexuales, puedan hacer el amor a la luz pública, en la calle o en cualquier parque de la ciudad. No. A mí no me caben esas “modernidades” en la cabeza.

Con esto de nuestra aceptación de la comunidade LGTB nos está pasando lo que ha ciertos padres permisivos nos  sucede con nuestros hijos consentidos… Les damos la mano y se cogen el codo. Que vivan en pareja estos no heterosexuales, y que hasta se casen si así les parece en su leal saber y entender, está más que bien. Pero en lo personal, por ejemplo, lo de la adopción de niños en esas parejas no me rima mucho. No pues, se les alboroto tanto la feminidad que les llego al extremo de sentir una maternidad desbordada…

Y dejo meridanamente claro que mi postura no nace de los supuestos dictados o temores a un dios, porque yo no creo en dioses, pero eso no hace que no tenga ética y que no crea que las sociedades deben regirse por un comportamiento preciso y claro para que la vivencia en comunidad y la formación de nuestros muchachos hacia el futuro sea lo mejor. Bueno es “culantro” pero no tanto. Y reconozco que como pinche mortal puedo estar en estas cosas muy equivocado, por lo que no pretendo asumir posturas sectarias o teóricamente infalibles, y por lo que desde ya, también,  les pido a mis amigos que deben estar a rabiar, que tengan generosa comprensión racional para con  este viejo artrítico y reumático. Si bien es cierto loro viejo no aprende a hablar, mucho menos va a  ser poliglota de la noche a la mañana.

Ahora bien, lo que si resulta definitivamente preocupante y hasta peligroso, es esa agresividad de los sectores religiosos, de todos los pelambre, frente a estos y muchos otros temas. Expresarse  dogmáticamente en nombre de la supuesta capacidad que tienen esos creyentes de hablar  directamente con el dios en que ellos creen, ha sido la excusa ideal de muchos grupos y naciones a lo largo de la historia para propiciar las peores barbaries, crímenes y hasta guerras. Las experiencias de la cínicamente llamada Santa Inquisición –citada líneas arriba- son terribles, y ello porque los “iluminados” se creen siempre con el permiso de ese dios permisivo y hasta sinvergüenza, para cometer cualquier tipo de acto, por encima de las leyes, los estados y las naciones.

Desafortunadamente estos cristianos también tienen muchos votos, por lo numeroso de sus caudas, y es ahí donde los poderosos del estado claudican vergonzantemente. Sobre todo cuando necesitan esos votos para ganar un plebiscito. Y en ese cálculo, los espirituales no tienen nada de bondadosos sino, por el contrario, de mañosos aprovechados. Siguen siendo, en todas sus expresiones, igual  a los conquistadores de antaño… Con cruces incrustadas sobre espadas que servían para hacer doblegar la voluntad de los hombres frente a un supuesto dueño de todo lo creado, o para matar fieramente a quienes  les haga resistencia. El viejo truco de invocar razones “divinas” para hacer e imponer en esta vida lo que les de la regalada gana…